Intimidad


Contarle a la gente nuestras alegrías y nuestras tristezas, hacerlas públicas; describir nuestra infelicidad causada por algún evento que mi mamá llamaba “malos momentos”. Hay gente que hace eso, que les revela a los demás sus nostalgias, sus debilidades, su precariedad emocional, como si esto fuera una catarsis, como un diario, ¿y por qué no lo dejan para ellos mismos en vez de estarlo divulgando a los cuatro vientos? No lo sé.

Como escritor –aunque la etiqueta me quede grande- utilizo, a veces, esos hechos dolorosos para trasladarlos al papel, ya sea para producir textos de ficción o no. Como el método de Stanislavski que utilizan los actores para producir escenas tristes, dolorosas o risueñas: acuden mentalmente a momentos de su propia vida para establecer conexiones emocionales que les permiten llorar, o reír, o sentirse devastados o simplemente risueños. Eso mismo pasa con los escritores, acuden muchas veces a eventos de su propia vida para escribir sobre acontecimientos reales o ficticios y así obtener textos cargados de sentimientos.

En lo personal nunca lo he hecho salvo algunas contadas excepciones. Sin embargo, sí es cierto que he escrito embargado de ira, o de rabia, o de emoción, o de nostalgia o de felicidad, y eso me ha llevado a producir un texto. Pero, todo tiene una frontera, una línea roja: hablar de hechos íntimos.

No está prohibido hacerlo, por lo menos legalmente, escribir o narrar hechos personales que exhiben acontecimientos que solo le conciernen a quien los está contando. Sin embargo, “como el morbo vende” muchos escritores -y no escritores- deciden confesar acontecimientos que podrían provocar vergüenza en labios de un individuo normal.  

Respeto a esos escritores o no escritores –profesionales o no-, aunque yo he decidido no hacerlo para no aumentar el dolor, la congoja, la desdicha que el hecho en sí mismo ya me está produciendo en el cuerpo o en el alma. Nunca he escrito públicamente sobre mis problemas y desgracias más dramáticas. Muchos de esos acontecimientos solo quedarán grabados y engavetados en mi memoria. ¿Para qué recordar ese dolor por la pérdida de ese ser querido? ¿Para qué recordar esa traición? ¿Para qué recordar esa derrota? No, prefiero pasar la página y continuar. Aunque no voy a negar que esos hechos o eventos trágicos –o de pronto felices- han sido el combustible de buena parte de mis textos, de mis ensayos, de mis artículos, de mis cuentos, de mis novelas.

La tentación del escritor es esa, o más bien esa es una de las muchas tentaciones que tienen los escritores: contar sus intimidades. Para los que aman la escritura, la narración de hechos personales es una delicia porque las palabras fluyen desde el interior del alma; el escritor se deja llevar por su estado de ánimo y empieza a producir un texto cargado del espíritu que posee al narrador en ese momento, en el de la creación.

Pero no; yo no he sucumbido a ese vicio –si se quiere-, lamentablemente dirán algunos, pero yo no lo lamento, porque hay cosas que deben quedarse guardadas en el alma y que el silencio simplemente aniquila o conserva de acuerdo al grado de utilidad que tiene para la evolución del alma, o para su definitiva aniquilación. La catarsis que se produce al contar públicamente un hecho doloroso parece ser muy importante, incluso, muchos psicólogos y maestros espirituales lo aconsejan: contar nuestras desventuras o nuestras felicidades a otros.

Yo pienso que si cuento o narro muchos de los eventos de mi vida los estoy desacralizando, los estoy profanando, o tal vez los estoy degradando por el simple hecho de hacerlos públicos. El silencio los mantiene a salvo en esa bóveda infranqueable de la memoria. Los mantiene a salvo de la opinión ajena que en la mayoría de los casos es ignorante, inhumana, perversa o simple y llanamente torpe y desvergonzada. Me gusta escribir para mí mismo y también me gusta publicar, también me encanta exhibir lo que pienso, pero eso tiene un límite que yo mismo me he impuesto: no hablar de mi intimidad o de lo que yo creo que es intimidad, o vida personal.

“Cada loco con su tema” dirán algunos, y sí, cada persona tiene su zona roja de restricción, cada persona sabe qué contar de su vida, a quién contárselo y cómo contárselo. Muchos escritores sobrepasan esas líneas rojas de seguridad y exhiben su intimidad abiertamente pensando tal vez ingenuamente que los demás los comprenderán. Craso error, eso nunca pasa. Los demás nos no entienden, nunca nos entenderán porque cada quien juzga desde su propio punto de vida, desde su propia óptica, desde su propio drama, desde su propia intimidad.

El cine y yo



He declarado varias veces y de diferentes formas que me encanta el cine. La industria cinematográfica debe estar tranquila: por lo menos conmigo tendrán trabajo para rato, por lo que a mí me concierne.

¿Cuándo nació este amor? ¿Este romance? Desde pequeño, cuando mis papás me llevaban a ver las películas de Superman, de Batman, de Disney, de Cantinflas, de Tarzán. Allí nació mi amor por el séptimo arte. Con el paso del tiempo este amor ha crecido, ha aumentado.

Hay películas que me han decepcionado, es cierto, pero también hay películas que me han dejado pensando, que me han emocionado, que me han entristecido, que me han asustado, que me han aburrido, que me han enloquecido. El cine es eso: emoción. Es un arte complejo que mediante la combinación de mecanismos, de útiles, nos brinda la posibilidad de soñar, de fantasear, de ensoñar.

El cine es sueño, es ensoñación. Es permanecer durante hora y media o dos horas pegado a una pantalla que refleja diferentes luces derivadas de un proyector o de un reproductor de video. Sin embargo, el cine no solo es entretenimiento, también es cultura, es rebeldía, es política, es economía, es filosofía, es humanidad. El cine es humano por esencia, y fue creado por el hombre para sorprender, para maravillarnos, para subir a dimensiones ocultas e inesperadas, eso es el cine.

Una amiga recientemente me decía que no le gustaba el cine, que le aburría, que a veces iba pero con cierto desánimo, como si fuera una rutina. “¡Qué mal!” Pensaba yo, yo no podría casarme con esta amiga, qué lástima. Para mí, lo más bonito que pueden compartir una mujer y un hombre no es una cama, es una película. Es compartir un sueño, que es la cosa más bella que sufrimos los hombres: la ensoñación, la imaginación, el ruido de nuestro subconsciente.

De otro lado, y a contrario sensu, tuve una novia –por largo tiempo- a la que le encantaba el cine, como a mí, juntos asistimos a ver más de quinientas películas –por lo menos-; también mirábamos filmes en la televisión. Era nuestra adicción, y yo vivía encantado por esto, que alguien compartiera mi afición, mi gusto, mi debilidad.

Y sí, el cine me ha dejado pensando muchas veces, he salido de las salas de exhibición enmudecido, emocionado, con un volcán imaginativo en ebullición en mi cabeza, el cine me ha mostrado nuevas perspectivas de la vida muchas veces, y también, en otras ocasiones me ha aburrido, o simplemente me ha dejado exactamente igual a como entré a la sala de exhibición.

No me gustan las películas de terror –las detesto-, tengo que confesarlo, me parece que son repetitivas, y me parece que acuden a los mismos elementos narrativos una y otra vez, son muy pocos los filmes de miedo que son realmente interesantes. Las películas animadas han empezado a destacarse últimamente, porque aunque están dirigidas a los niños terminan por darle una lección a los grandes. Las películas animadas tienen moraleja y por eso me fascinan, me encantan las cintas con moraleja tengo que decirlo igualmente. Las películas de ciencia ficción pueden ser o muy buenas o muy malas, no hay punto medio, o te gustan o no te gustan; pueden ser muy interesantes o muy ridículas, por eso depende del filme, del director.

Las películas “para sentirse bien”, como las clasifican los gringos, que son aquellas comedias ligeras con finales felices a veces son buenas cuando uno quiere ver algo simple y sencillo, pero es decepcionante cuando uno desea tener un orgasmo mental –y me perdonarán el término, pero es así-. Las comedias ligeras te dejan exactamente igual a como empezaste a ver la película, no te aportan nada, tal vez un poco de esparcimiento, o risas, o entretenimiento pero nada adicional.

En fin, el cine, qué gran invento, los avances en materia fílmica cada vez son más sorprendentes y este arte hacia futuro promete revelar sorpresas increíbles, fantásticas, insospechadas, grandiosas. El cine, a diferencia de otros artes, depende mucho de la tecnología, de la mecánica, de la electrónica, y en estos campos se han llevando a cabo avances espectaculares, que nos dejarán con la boca abierta cuando asistamos a las salas de cine y veamos esas películas que nos transportan a mundos desconocidos, amorosos, u odiosos, tenebrosos, u amistosos; en fin, el cine seguirá existiendo mientras el hombre siga soñando y hayan aficionados tan fervientes como yo.


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“Star Wars: Episodio VII” o el fin de la libertad





Me prometí a mí mismo que no escribiría ninguna reseña sobre esta película, y que tampoco la vería. Lo segundo lo incumplí ampliamente y lo primero lo estoy incumpliendo porque se me da la gana, así de simple.

Cuando ya ha pasado la fiebre del estreno del filme, cuando las aguas –por lo menos en Colombia, no sé si en China- están volviendo a su cauce normal, hablando cinematográficamente, he decidido muy humildemente dar mi opinión sobre esta cinta; y publico esta reseña en el blog de FBG Cine y Literatura y no en la página FBG Cine porque también se me da la gana. En este 2016 amanecí muy caprichoso.

He leído decenas de reseñas sobre “Star Wars: Episodio VII”, he visto decenas de videos de Youtube donde hablan sobre esta película; y después de esto no me queda otra opción que meter la cucharada.

“El despertar de la fuerza” es globalmente una producción muy decente, muy bien hecha; visualmente impecable. Sin embargo, tiene varios puntos no tan buenos, otros regulares y otros tremendamente espantosos.

Sí, la principal crítica que se le ha hecho a la película es el de ser un remake de “Episodio IV: Una nueva esperanza”, la cinta original de 1977. Los que piensan esto tienen toda la razón. El argumento general es muy parecido, hay personajes casi que calcados entre una y otra película, y sobre todo, el ambiente creado por J.J Abrams solo tiene un objetivo: llevarnos al pasado, a la nostalgia por las películas originales.

George Lucas el creador original de Star Wars vendió la franquicia del filme por cuatro mil millones de dólares y pucho, y fuera de eso les encimó a los de Disney la empresa Lucas Films. El señor Lucas perdió el control sobre su propia historia, sobre la película que lo hizo famoso en todo el mundo. Algunos afirman que fue una buena decisión porque él se estaba quedando sin maniobrabilidad creativa, y otros opinan que fue un error craso (yo soy de los que opinan lo segundo).

El señor Abrams –el director de “El despertar de la Fuerza”- tenía un reto muy difícil de superar, es cierto, satisfacer a los millones de fans de Star Wars, y eso sería una misión muy complicada, ¿qué hizo el señor Abrams? La fácil, se fue por el camino más corto, menos arriesgado, y era hacer una nueva película pero acudiendo a los ingredientes de las películas más exitosas de esta franquicia: las de la primera trilogía, o sea los episodios 4, 5 y 6.



La película, y vuelvo y lo repito, no es mala, no es regular, es buena, pero deja un tufillo muy maluco en los fans de esta cinta. Muchos críticos ya lo han dicho y estoy de acuerdo, el asunto es que J.J Abrams hizo esto de manera deliberada, ni siquiera de forma velada. Fue un asunto de facilismo creativo.

El diseño de los personajes malos en “Star Wars: Episodio VII” fue muy deficiente, casi que decepcionante. En primer lugar, siempre se presentó esta saga de filmes como una lucha entre los Jedi y los Sith, pero resulta que en esta película no hay Jedis, ni Siths. Kylo Ren – el malvado de la máscara metálica- no es un Sith, es un Caballero de Ren, sin embargo, ¿quiénes carajos son los Ren? ¿De dónde salieron? ¿Qué pitos tocan? ¡No! No sabemos nada de los Ren. El emperador – o aquí llamado Líder Supremo Snoke- es un muñeco hecho por computador, el cual no transmite terror, ni susto, ni nada. Fuera de eso, ¿quién es Snoke? ¿De dónde salió? ¿Es un Sith? ¿Quién es? La película no dice nada.

En su afán por imitar al Episodio IV, J.J Abrams puso a Kylo Ren con una máscara, ¿por qué? ¿Para qué necesita la máscara? ¡Si se la saca y se la pone toda la película! Cuando Darth Vader utilizaba su máscara era porque la necesitaba, el señor no podía respirar sin la máscara; en cambio Kylo Ren la utiliza no sabemos para qué; probablemente para que Disney pueda vender juguetes.

Hay personajes totalmente insubstanciales como el general Hux, la capitana Phasma, e incluso, el mismísimo Poe Dameron que supuestamente vendría a representar a los hábiles y avispados pilotos de la resistencia, sin embargo, nada. La aparición del actor Max Von Sydow al principio del filme es casi que deprimente. Nada que ver con la aparición del legendario Alec Guinness en la primera trilogía, cuando interpretó a Obi Wan Kenobi.

Otros personajes sí tienen una relevancia significativa, por ejemplo, la de Rey, interpretada por la bellísima actriz británica Daisy Ridley. Creo que muchos salimos enamorados de esta niña después de ver la película; y al parecer ella será la protagonista de la nueva trilogía, ¿se convertirá en Jedi? ¿Qué pasará? ¿De quién es hija esta chicuela tan hermosa?

La decisión de que Rey sea la nueva protagonista de esta trilogía es un punto a favor de la película, lo mismo que la creación del androide BB-8, el cual se robó el show totalmente, como ya han mencionado muchos. Colocar a una mujer como la nueva Jedi está muy bien, fuera de eso, el casting fue perfecto, Daisy Ridley es una niña simpática, atlética y no es una modelito voluptuosa o algo por el estilo; muy bien por eso.

Uno de los puntos más débiles –y volvemos a lo malo- de “El despertar de la Fuerza” es que, como ya dije, no hay Jedis, ni Siths. Hay personajes que conocen la Fuerza como Maz Kanata (un remedo de Yoda), y al final, Rey parece que fuera poseída por esta, por la Fuerza, sin tener ningún entrenamiento de Jedi (por lo menos que nosotros sepamos).




“Star Wars: Episodio VII” representa metafóricamente la pérdida de la libertad; los nuevos malos (la Primera Orden) son un nuevo imperio galáctico dictatorial; todos los esfuerzos de los antiguos rebeldes y de los Jedis por restaurar la libertad fueron esfuerzos vanos. Es muy triste que esta carencia de creatividad por parte de Abrams nos lleve a pensar que ese probablemente sea el destino de la humanidad; que metafóricamente los hombres siempre nos encontremos ante un destino inevitable: el de nuestra propia esclavitud; y que los Jedis (los que luchan por la libertad, la justicia y la democracia) estén desaparecidos.

Cuando salí del cine me pregunté: ¿Qué hubiera hecho George Lucas? Creo que muchos quedaron con esta misma incertidumbre. Una película visualmente impecable, buenas propuestas (como las de incorporar a Rey y a BB-8), acudir a los viejos personajes (Han Solo, Leia, Chewbacca y Luke Skywalker); pero, al final, nos quedan muchas preguntas, muchos sinsabores.

El personaje de Finn, el que interpreta John Boyega, es una incógnita absoluta. ¿Será que habrá amor con Rey? ¿Será un nuevo Han Solo? ¿Qué lugar ocupa este personaje en la nueva trilogía? Hasta ahora no me cuadra por ningún lado. Creo que fue una incorporación extraña; y ojalá que no tenga nada que ver el color de su piel para haberlo puesto allí. En las dos trilogías anteriores George Lucas fue criticado por esto; en Star Wars no había afro-descendientes. Es por esto que en el Episodio V aparece Lando Calrissian, y en la trilogía anterior está el jedi Mace Windu, interpretado por Samuel L. Jackson.

En fin, en 2017 se estrenará Episodio VIII, que ojalá despeje muchas incógnitas; y que ojalá los Jedis no queden tan mal como han quedado en “El despertar de la fuerza”. También quiero que aparezcan los Sith para que les den duro, por ser tan malos. También me gustaría que los Jedis representen metafóricamente esa esperanza de la lucha por la libertad que está totalmente ausente en Episodio VII.

Que la Fuerza acompañe a Disney para que por lo menos le hagan algunas consulticas a George Lucas, y que Star Wars no se pierda como otra película más de transacción de franquicias creativas, o como otra película de secuelas del montón. El problema no es la taquilla sino el tufillo que deja en los fans, en los seguidores, en los que amamos esa ópera galáctica.

Mi calificación para esta película es de 4.1 sobre 5.0.


El mejor cine en Colombia



Amo el cine, adoro el cine, eso se lo debo a mis padres, quienes eran aficionados, aficionadísimos al séptimo arte. Mi papá me llevaba a ver las películas de Cantinflas, de Tarzán, de Superman, de Batman. Mi mamá, lo mismo, una cinéfila completa. A ellos dos (q.e.p.d) les debo esa afición mía por la pantalla grande, por el cine, por las películas.

El cine es fantasía, es distracción, es felicidad; es un arte complejo porque reúne otros artes: la literatura, la música, la actuación, la fotografía, etc. El cine es uno de los mejores inventos que ha hecho el hombre. En lo particular admiro a los cineastas, los envidio porque de cierta forma trabajan en ese mundo tan llamativo, tan mágico, tan atrayente.

Yo no soy cineasta de profesión, ni he estudiado cine, ni siquiera he cursado un miserable cursillo de cinematografía, soy todo un aficionado, de hecho soy abogado de profesión y profesor de derecho –aunque también he escrito ocho novelas y publicado varios cuentos-. Sin embargo, sí soy un fan absoluto de la cinematografía; esa afición me llevó a crear un blog de cine y de literatura por allá en el 2006, en el ese blog ya he publicado más de doscientos artículos. Después creé otro blog, el de películas clásicas, que también va como por los cincuenta artículos, y hace algunos años abrí mi página FBG Cine, dedicada únicamente al cine y a promocionar los nuevos estrenos que se pueden ver en Colombia.

¿Por qué he denominado este artículo “El mejor cine en Colombia”? Porque quiero rendirle homenaje a las personas que trabajan en la industria cinematográfica en Colombia; a las distribuidoras, a los exhibidores, a los periodistas culturales y de entretenimiento, y en general, a todas las personas que hacen posible que nosotros los mortales comunes y corrientes disfrutemos de un rato agradable, disfrutando de una buena, regular o mala película –porque hay de todo-. También quiero rendirle homenaje a los héroes que hacen cine en Colombia: a los productores, a los patrocinadores, a los actores, a los directores, a los técnicos, a los guionistas, y en general, a los que se embarcan en la aventura de hacer cine, porque no es fácil, nada fácil.

También quiero anunciar a través de este escrito que seguiré admirando el cine, que seguiré escribiendo sobre cine, que seguiré criticando las películas, que de una u otra forma seguiré involucrado en este maravilloso mundo y no solamente como espectador; mis obras hablarán de ello.

El cine ha tenido una evolución muy interesante desde el siglo y medio en el que se inventó; ahora podemos observar en high definition las películas, los efectos especiales elaborados por computador lo dejan a uno con la boca abierta, el negocio del cine es cada vez más grande y más poderoso. Es un negocio que se basa en la fantasía, en el escapismo, en la entretención, y uno quisiera que se enfocara más en la educación, en la culturización, en la transmisión de valores, pero en fin, es un negocio, y este también se rige por las leyes de la oferta y la demanda. Sin embargo, el cine tiene un papel muy importante, o tendrá un papel muy importante en el nacimiento de esa Nueva Humanidad que se avecina, donde los comportamientos se regirán por nuevos intereses y por nuevas prioridades; el cine no será invitado de segunda mano en esta nueva era del hombre.

Yo, como Gabriel García Márquez –y no me comparo con él de ninguna forma, él fue todo un maestro de las letras, yo ni siquiera llego a aprendiz- amaba el cine, y amaba la literatura, porque ambas están en el mismo negocio: en el de la fantasía, en el de vender fantasía. Somos, con Gabo (q.e.p.d) fantaseadores natos; por eso, a él también le encantaba el séptimo arte; por eso impulsó la creación de la escuela de cine en Cuba, donde fue conferencista varios años, e incluso, él también trató, o mejor dicho, lo hizo, se embarcó en la aventura peligrosa y azarosa de redactar guiones. Yo, humildemente seguiré comentando las películas, me seduce el tema de los guiones, pero creo que es un tema para especialistas, lo mío es el ensayo, la crítica, y lo seguiré haciendo en Colombia, de una u otra forma. Seguiré –como Gabo, mi maestro- fantaseando, a través de la literatura, de los cuentos, de las novelas, o de otros géneros artísticos. Sin embargo, seguiré hasta cuando se pueda disfrutando del cine, hablando de él, acudiendo a las salas de cine, y promoviendo el negocio en Colombia, y en el mundo. Por ahora, los invito desde Colombia a deleitarse con el mejor cine. Un abrazo caluroso a los cinéfilos del mundo entero.

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¿Con qué escribir?



Algunos escritores escriben con máquina, otros con computador, otros con estilógrafo, otros a lápiz y otros con pluma. Me parece increíble que a pesar de que ya existe una herramienta como el computador – u ordenador como dirían los españoles-, todavía hay gente que prefiere escribir a mano o en máquina.

Carlos Fuentes, el magnífico escritor mexicano ya fallecido, no solo se caracterizaba por su disciplina y rigor al momento de ejercer el oficio, sino que lo singularizaba el hecho de hacerlo con estilográfico. Luego, el autor de La región más transparente, pasaba sus notas en limpio en la máquina de escribir.

Gabriel García Márquez (q.e.p.d) utilizó también la máquina hasta El amor en los tiempos del cólera, que fue la primera novela que Gabo compuso en su ordenador. El premio Nobel de literatura también se dejó tentar por el aluvión de la tecnología, y sus últimas novelas fueran escritas utilizando el computador.

Antes de que se inventara la máquina o el ordenador, los escritores ejercían su oficio con la pluma, después con la estilográfica. Hoy en día, sin embargo, todavía se recomienda utilizar estos instrumentos para escribir, ya que la caligrafía también es un arte, como muy bien saben los orientales, que utilizan el pincel para imprimir sus alfabetos.

En lo personal, me gusta escribir en el computador, incluso, me parece una tortura hacerlo en una máquina ya que en el pasado tuve que hacerlo y fue fatal. El computador ofrece una serie de posibilidades que no las da la máquina. Si tú la embarras en una máquina, la embarraste en grande; tienes que volver a comenzar; con el computador no sucede esto.

También he escrito con estilográfico, y me parece mucho mejor, aunque al final le queda a uno doliendo la mano; no sé cómo hacían los escritores de antes para eludir esta consecuencia. Escribir a mano también permite cultivar el arte de la letra, de la caligrafía, escribir de manera armoniosa y ordenada; eso se ha perdido con la utilización del ordenador.

Otros escritores, que también escribían a mano, como Ernest Hemingway, lo hacían de pie; yo prefiero estar sentado. En fin, cada quien tiene sus mañas. Lo importante es gozar al momento de crear, de escribir, ya sea con computador, con máquina, con estilográfica, con pluma o con lápiz.

El ordenador facilita la escritura, permite corregir, y tener en cuenta la ortografía; sin embargo, se pierde con este –con el ordenador- el encanto de tener “bonita letra”. Pero, por razones prácticas, creo que el computador es el mejor instrumento para escribir actualmente.

Otro mecanismo o artilugio ha surgido recientemente para escribir: se trata de la tablet o tableta. No sé si algún escritor ya ha compuesto alguna novela utilizando esta herramienta, no lo sé, sin embargo, muy pronto sabremos si algún “nativo digital” se despachó la elaboración de un libro con un Ipad o con una tableta, y ni qué decir de los dispositivos móviles. ¿Será que alguien ya escribió un libro en una tablet o en móvil? Quién sabe, por ahora yo no tengo datos de esto.

La tecnología ya no solo permite leer libros en dispositivos móviles o en tabletas, sino que también permite escribirlos. Por ahora, yo estoy en el computador. Otros seguirán con la estilográfica, y otros, con la máquina. ¿Qué otro artilugio se inventarán en el futuro? Las posibilidades son ilimitadas.

La escritura no ha sucumbido a las comunicaciones audiovisuales como muchos pensaban; la gente le gusta leer letras, aunque también les encanta ver películas y escuchar audios. Sin embargo, la escritura sigue vigente, y seguirá vigente, porque es una herramienta mágica. Convertir signos en imágenes y en ideas es sorprendente, alucinante, fantástico; y mientras siga la magia seguirán pululando por ahí esos magos que escriben.

La tecnología audiovisual no se ha impuesto del todo sobre la escritura; incluso, mucha gente prefiere leer libros a ver las adaptaciones cinematográficas de esos mismos libros, o les parece mejor la versión literaria porque es más profunda o más impactante.


Otra discusión interesante es sobre dónde escribir, a qué horas, cuándo, solo o acompañado, o si se puede escribir comiendo o consumiendo licor. Son otras posibilidades y otros tópicos que darían para otro escrito. 

¿Escribir mal o escribir bien?


Para mí es una necesidad, me refiero a escribir. ¿Lo hago bien? ¿Lo hago mal? No lo sé, soy muy autocrítico conmigo mismo y a veces no me gusta lo que plasmo en el papel en blanco. Que tengo una prosa muy tosca me decía algún lector un día; que hay mala ortografía en mis escritos, me endilgaba otra lectora furibunda; que soy una vergüenza para los escritores, me espetaba esa misma lectora furibunda. En fin, a lo largo de todos estos años de escritura pública he recibido críticas buenas, malas y regulares por el trabajo que hago, nada sorprendente, cuando uno hace algo público siempre le gusta a alguien, a alguien no le gusta para nada y para otros (la gran mayoría) les es indiferente.

Creo que quien se dedica a escribir profesionalmente o con seriedad debería tener rigor a la hora de utilizar el idioma, el lenguaje; de redactar con cuidado, de aplicar bien los signos de puntuación, de conjugar bien los verbos, de poner mayúsculas donde toca, de escribir mejor de lo que lo haría una persona común y corriente. Los manuales de gramática y de ortografía son útiles, los diccionarios también, la página web de la Real Academia Española de la Lengua debe ser de obligatoria consulta para los que se dicen escritores. Así como los carpinteros refinan su trabajo, o los dentistas, o los médicos, los escritores también están llamados a perfeccionar su labor, y si su herramienta es el lenguaje, las palabras, pues deben tener más cuidado con su tratamiento del que lo hacen las personas que no se dedican a este oficio, ¿no es cierto? Es de sentido común.

Todo lo anterior es un lugar común, sin embargo, creo que el perfeccionamiento de la escritura lleva a una especie de neurosis, de paranoia, de esquizofrenia, de locura, ¿por qué? Porque los escritores terminamos a veces poniéndole más cuidado al “qué dirán” que al verdadero arte. Como nuestros escritos terminan la mayoría de las veces en el ojo público, nuestra preocupación principal acaba siendo esa crítica de los otros sobre nuestro trabajo, y por eso nos esforzamos en escribir según las reglas del idioma, del lenguaje, y eso desemboca en un estrés de escritor, de artista, de creador. El escritor suda frío cuando piensa en las rigurosas miradas de los lectores, sobre todo en la forma como ha escrito y no en lo que ha escrito. Eso termina agotando al artista; es cierto, es su deber escribir bien, según las reglas correspondientes, sin embargo, la gente, las personas, deberían darle un margen al escritor para escribir mal, para escribir sin estilo, con mediocridad. ¿Estoy incurriendo en un anatema? ¿En una herejía? ¿Cómo puede un escritor escribir mal? ¡Eso es absurdo! Eso sería como pedirle al arquitecto que construya mal, impensable. Pero sí, el escritor, como todo artista es un ser libre, y debería ser tan libre, que incluso pudiera darse el lujo de escribir con fallas ortográficas, de gramática, de redacción. ¿Para qué? Para decirle a la gente que el lenguaje se hizo para la gente y no la gente para el lenguaje, que esa mistificación del “escribir bien” se ha convertido en un esnobismo, en un arribismo intelectual injustificado.

García Márquez –el premio Nobel de literatura colombiano- acompañaba esta posición, no soy original; él era un perfeccionista del idioma –tenemos que decirlo- no era un libertino de la escritura, y sin embargo, pensaba que a veces se debía escribir con mala ortografía. ¿Por qué? ¿Por puro capricho? No, por libertad, para desatarnos de la dictadura idiomática, de la dictadura de las reglas de escritura que ha impuesto alguien, y que por lo tanto nos atan con mordacidad, con enajenación. García Márquez utilizaba groserías en sus escritos, empero, escribía a pesar de esto muy bien, ¿quién podría criticar a Gabo por utilizar mal el idioma? Creo que nadie, aunque por ahí he visto no una sino muchas objeciones a su trabajo desde el punto de vista del estilo, ¡qué locos!

Sí señores, hay que escribir bien, sobre todo tratándose de personas dedicadas a este oficio. Pero, démonos una licencia de vez en cuando, como para sentirnos despojados de ese yugo riguroso, liberados de esas reglas obligatorias que han impuesto los manuales de escritura, y de redacción; utilicemos el idioma y no dejemos que él nos utilice a nosotros; porque lo que más nos llama la atención de la escritura a los escritores es que es como un juego. Las reglas estrictas terminan sofocando el gozo, el juego; aunque como todo juego, también tiene reglas que hay que cumplir para disfrutar de la actividad.   

Escribir como terapia



Sí, suena feo, a mis colegas escritores posiblemente no les guste que se hable de la escritura como una terapia; como si fuera un curso de relajación, de meditación, de yoga, de fitness o de zumba. La escritura para muchos es un arte, un oficio, una profesión, una religión, pero no una terapia.

Hace algunos años, como ya lo he mencionado en otros artículos, leí un ensayo del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury “Zen en el arte de escribir”, donde él aconsejaba escribir para disminuir o apaciguar ciertos dolores del alma como pérdidas de seres queridos, fracasos, etc. Incluso, el mismo Bradbury se disculpaba por utilizar la palabra “terapia” en su ensayo.

Yo creo que la escritura le puede ayudar a muchas personas a sobrellevar momentos dolorosos, a desahogarse, a hacer catarsis. Es cierto, la escritura ha sido asumida por muchos artistas como un culto, como algo que no es banal y esto incluye no tomarla como una terapia, ya que suena como a consultorio médico.

Yo no soy tan estricto; creo que si bien muchos escritores viven de este arte, y es realmente un oficio serio para asumirlo como una profesión, la escritura también puede ser tomada como una actividad lúdica que le permite a un ser común y corriente afrontar problemas cotidianos de una manera más ligera.

Los escritores –algunos, no todos afortunadamente- tratan de alejar al vulgo de esta actividad. Señalan al oficio como algo difícil, complejo, aparatoso; como una actividad a la cual solo pueden llegar algunos elegidos de los dioses. Obviamente, ellos defienden a su gremio, por motivos profesionales, sociales, e incluso por razones económicas: el pastel no es muy grande y no quieren repartirlo entre más gente.

Sin embargo, yo le hablo a las personas comunes corrientes, no a quienes añoran convertirse en escritores profesionales, en los futuros García Márquez o Vargas Llosa; no, yo le hablo al ama de casa, al estudiante, al oficinista, al obrero de construcción, a la secretaria, al policía, al niño, o a cualquier persona que tenga la necesidad de escribir.

No todo el mundo quiere escribir novelas, o poemas, o cuentos, o ensayos, u obras de teatro, o tratados de filosofía extensos; no, hay gente que solo quiere llevar un diario de su vida, o simplemente escribir reflexiones livianas sobre problemas cotidianos. Otros solo desean escribir por escribir, ya sea ficción, crónica, o algún género literario indefinido.

La escritura profesional requiere de una dialéctica más elaborada. Si no, lean el libro “El escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato. La escritura como oficio no es solo sentarse y mascar chicle. Es una actividad de un alto contenido espiritual, filosófico, anímico, y mental. Es toda una visión de la vida, de la muerte, del tiempo, del espacio, del hombre, del Universo, de la existencia. Eso sí es todo un complique.

Pero, no creo que la escritura exista solo para los escritores profesionales, para los literatos, para los pensadores, para los filósofos. La escritura es una actividad humana que debe ser accesible a todo el mundo. Escribir es un placer, igual que la lectura; sin embargo, en los colegios y universidades se toma como un deber, como una obligación, y desafortunadamente la escritura ha seguido el mismo camino de su hermana la lectura: se han convertido en suplicios para estudiantes.

La gente común y corriente debería escribir más; eso sí, si tiene un anhelo extremo de hacerlo, no debería auto-obligarse. ¿Escribir sobre qué? Sobre lo que se le dé la gana; sobre su vida, sobre sus preocupaciones, sobre sus anhelos, sobre sus deseos, sobre lo que se le pase por la cabeza. Así de simple. No es necesario que al primer intento salga con una novela, con un cuento, o con un poema. Puede ser una simple narración de su vida, o una cavilación sobre problemas del día a día.

El que quiera incursionar en la ficción también es bien recibido. La ficción es imaginación en movimiento, es crear mundos imaginarios, personajes que solo viven en la mente de su creador, escenarios fantásticos. La ficción es atrayente, es una especie de escapismo. A los escritores que se dedican a la ficción tampoco les gusta que se vea esta como un simple escapismo; no, ellos quieren ver en la ficción una metáfora de la vida cotidiana, una reflexión de la realidad desde una perspectiva imaginaria. Sabato es muy estricto sobre este tema –o era muy estricto en vida-, para él, la novela era un estudio del problema del hombre, del drama del hombre en el Universo. Para Sabato, la ficción no era una simple jugarreta, o un escape lúdico.  

Sin descartar la posición de Sabato, creo que la ficción para quien no desea ser un escritor profesional, puede llegar a ser un buen escape de la cotidianidad. Estamos sujetos a los trancones (atascos de tráfico), a las filas en los bancos y en las entidades públicas, a la constante y cotidiana relación con el prójimo que a veces puede ser violenta o pacífica (depende del prójimo), a las deudas, a los criminales, a los políticos, a los mentirosos, a los estafadores, en fin, a la vida con todo lo ruda que es. La ficción puede ser un paliativo; en lugar de estar pensando en el pago de los recibos de la luz, del agua, del teléfono, se puede reflexionar por escrito en planetas lejanos inexistentes, en extraterrestres, en magos, en brujos, en hadas, en príncipes, en reyes y reinas, en ciudades de chocolate. ¿Por qué no? ¿Por qué restringir la ficción a la realidad degradada, o a la simple descripción de lo cotidiano desde lo literario? Posiblemente un ama de casa quiera inventarse un montón de cuentos sobre príncipes azules o dragones, ¿qué de malo hay en eso? Nada; ¿es malo o perverso el escapismo? ¿Por qué? Todos los días en nuestra propia mente nos ausentamos de la realidad para poder sobrevivir, como cuando nos hundimos en un pozo o en una piscina y tenemos que sacar la cabeza para respirar. Eso ocurre con la ficción, es como un respiro, como un tomar aire en medio de una realidad que debilita, que adormece, que sojuzga, que repele, que enferma.

Creo que los escritores profesionales también escriben como una terapia. Woody Allen –el cineasta- comentaba que él lo hacía para no volverse loco. Fernando Vallejo aseguraba que la escritura para él era un pasatiempo, para soportar la rutina de la vida. Otros escritores simplemente ejercen esta actividad como una necesidad física y psicológica. No pueden dejar de escribir. Hace algunos días vi la entrevista que le hicieron a un autor español; él decía que después de acabar una novela tenía que empezar otra o si no se desesperaba, que para soportar el guayabo o la resaca de haber finalizado un libro tenía que empezar con otro. En este caso, “un clavo saca otro clavo.”

En fin, escriban si tienen el deseo irrefrenable de hacerlo, no se coarten, no se inhiban, no les dé pena, háganlo, con libertad. No es necesario que escriban como Shakespeare o como García Márquez; escriban como ustedes lo saben hacer, así de simple; pueden escribir para sí mismos o para otros; si quieren publicar sus escritos en un blog háganlo, no les dé vergüenza, procedan. Si quieren dejar sus escritos para una consulta privada también es válido. Si quieren escribir y después destruir lo que escriban, es su decisión, nadie les va a reclamar por eso, salvo su propia conciencia. Escriban, pero también lean. Al leer, simultáneamente con la escritura, pueden descubrir nuevas vías de escape, nuevos métodos, nuevas estructuras. Pueden encontrar sus propias manías, sus propios vicios narrativos. Si  no quieren leer y solo quieren escribir, también, háganlo, procedan. Si no les gusta lo que escriben no se pongan a llorar, no se auto-torturen, no se flagelen. La escritura, como toda actividad humana, es susceptible de perfeccionarse, de aprenderse, de conocerse, de ampliarse; con el paso del tiempo podrán descubrir para qué sirven los signos de puntuación, las tildes, las mayúsculas, la ortografía en general, la gramática; verán que la escritura es como una sinfonía, con acordes, con sonidos graves y agudos, con silencios; la escritura tiene un ritmo, pero eso lo irán descubriendo ustedes mismos. La escritura es un placer, que necesita disciplina, que requiere de dialéctica, de reflexión. Pero no está reservada para una élite, o para un grupito de personas determinado; no, la escritura es una creación humana para el hombre en general, es universal, es global, es general, es un recurso al alcance de todos, para utilizarse con conciencia, con sentido común, con amor.