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“La caída de los gigantes” de Ken Follet
Estupendo libro. Tengo que empezar diciendo
esto; como todo lo que hace –en el mundo literario- el auto británico, célebre
por ser el escritor de “Los pilares de la
tierra” y de “Un mundo sin fin”,
obras que ya reseñé en este blog.
“La
caída de los gigantes” se ubica en las tres primeras décadas del siglo XX,
en lugares tan disímiles como Gran Bretaña (Gales), Francia, Alemania, Estados
Unidos y Rusia. A través de la vida –ficticia- de familias como la Fitzherbert,
la Williams, la Von Ulrich, la Peshkov, la Dewar, entre otras; Ken Follet nos
describe las causas, el desarrollo y las consecuencias de la Primera Guerra
Mundial, la primera de las grandes guerras europeas y globales del anterior siglo.
Follet es un extraordinario escritor, ya me
había deleitado con “Los pilares de la
tierra” y con “Un mundo sin fin”,
y creo que aquí ratifica el porqué de su enorme popularidad a nivel internacional.
Y es que Follet ya es un autor que ha superado la cifra de los cien millones de
libros vendidos en todo el globo terráqueo, y creo que seguirá batiendo records
de ventas porque sus libros son “adictivos”.
Efectivamente, a través de la descripción de
la vida de varias familias europeas y norteamericanas, Follet nos da su visión
sobre lo que causó la Primera Guerra Mundial, sobre cómo se desarrolló esta
confrontación bélica y sobre el germen que produjo: el inicio de la Segunda
Guerra.
La bestialidad de la monarquía rusa, la
incompetencia de las casas reales europeas (haciendo excepción de la británica,
lógicamente), el anacronismo del sistema político europeo que imperó hasta
principios del siglo XX, las ambiciones expansionistas, y la caducidad de un
modelo económico medio feudal y medio capitalista de explotación, fueron
algunas de las razones por las cuales estalló esa absurda guerra que durante
muchos años se denominó como “La Gran Guerra”, hasta que llegó Hitler y su
combo y mató a seis millones de judíos y a más de sesenta millones de personas
en la segunda gran guerra. La posterior pelea hizo palidecer a la primera por
su crueldad y por su estupidez.
Todas las guerras son estúpidas, no hay
guerra justa, no hay guerra inteligente, no hay guerra humanitaria. Follet
habla de sus ideas a través de sus personajes, a través de las vidas ficticias
de nobles, mineros, mujeres activistas por los derechos humanos, trabajadores
rusos, bolcheviques y hasta mafiosos y políticos norteamericanos.
Un libro de más de mil páginas que se lee de
corrido, no hay lugar para el bostezo ni para la pereza, Follet es un genio de
las letras, y con esta primera entrega de su trilogía “The Century” creo que
pone un punto muy alto para el género de la novela histórica. Los otros dos
libros de esta trilogía, y que no he leído, son “El invierno del mundo” y “El
umbral de la eternidad”, el primero sobre la Segunda Guerra y el tercero
sobre la Guerra fría.
Follet mezcla realidad y ficción, incluso
coloca a personajes ficticios a hablar con personajes reales como Winston
Churchill, Lenin, el rey Jorge V, Lloyd George, Woodrow Wilson, entre otros.
Los personajes ficticios, según afirma el mismo Follet, son colocados con
cuidado en situaciones que probablemente sí ocurrieron o que por lo menos
hubieran ocurrido de esa forma, de tal forma que la historia no se disloca o se
corrompe.
La novela es ficción histórica, obviamente,
Follet es muy cuidadoso al describir qué personajes hacen parte de la fantasía
y cuáles vivieron en la realidad. De tal forma que quien lee el libro puede
tener una idea clara del contexto histórico de esa época sin llevarse una
imagen distorsionada sobre lo que ocurrió en Europa y en Estados Unidos en esas
tres primeras décadas del siglo XX.
La Primera Guerra Mundial derrumbó a la
mayoría de las casas reales de Europa, generó un nuevo movimiento económico y
político a través de la modernización y actualización de la democracia
occidental que estaba a punto de colapsar por culpa de un sistema de
explotación injusto y por culpa de la discriminación contra las mujeres. La
democracia europea tuvo que avanzar hacia darle el voto a las mujeres, hacia la
consagración de los denominados derechos de segunda generación o derechos
económicos y sociales, en los que ya que no solo hay democracia donde la gente
pueda decidir entre un candidato X y uno Y, sino que también hay democracia
cuando hay empleo, cuando hay salud, cuando hay educación, cuando hay vivienda,
cuando hay cultura y recreación.
“La
caída de los gigantes” es un libro contra la guerra, contra la
antidemocracia, contra el modelo de dominación, contra la avaricia, contra el
anti-humanitarismo, contra todo lo que causa dolor y sufrimiento al ser humano.
Un siglo después de la Primera Guerra, el mundo sigue debatiéndose entre la
democracia y el fascismo, entre proteger los derechos de las minorías o no,
entre modernizar el sistema político y económico o no, entre implantar un nuevo
modelo de convivencia humano o no. Este libro, de Follet, entonces, nos sirve y
nos invita a reflexionar sobre nuestra realidad, sobre lo que hay para hacer, y
sobre el porvenir.
Etiquetas:
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“La melancolía de los feos” de Mario Mendoza
El escritor colombiano nos vuelve a
sorprender y a maravillar con esta hermosa historia sobre la belleza y la
fealdad, la juventud y la madurez, el dolor y el placer, la locura y la
lucidez.
En esta novela de doscientas cuarenta y un
páginas Mendoza nos transporta a un relato que sucede en Bogotá, en el cual un
niño deforme, jorobado y monstruoso se hace amigo de un joven adoptado que no
conoce a sus padres biológicos. La amistad entre los dos niños trasciende el
tiempo hasta sus años de hombres adultos.
El sistema que escoge el escritor para narrar
la historia es el epistolar, a través de sucesivas cartas que recibe el niño
adoptado –León Soler- en sus épocas de médico psiquiatra de hospital público,
por parte de su antiguo compañero de infancia.
Una reflexión sobre los destinos de los seres
humanos, sobre la desgracia, sobre el viaje interior –simbolizado por la
travesía oceánica-, sobre el éxito y la derrota, y sobre todo: sobre el amor
que debe invadir nuestras vidas para hacerlas excitantes y satisfactorias.
Mendoza es uno de los escritores colombianos
que más libros vende hoy por hoy, solo superado por el fallecido premio Nobel
Gabriel García Márquez. Es por esto que muchos ya han empezado a atribuirle el
moquete de autor de marketing y de entretenimiento, lo cual es totalmente
injusto e irreal. Mendoza escribe para el público común y corriente, es cierto,
cualquier persona que sepa leer y escribir lo puede entender, y ese es el gran
acierto de este artista. Obviamente, que si solo vendiera uno o dos libros ya
no le dirían escritor de marketing sino “autor de culto”, el problema para sus
críticos es que venda libros, ¡increíble!
Las novelas de Mendoza son urbanas, son
universales, son sentimentales y sobre todo, están escritas con pasión, con
sentimiento, con emocionalidad, eso se nota. Mendoza casi que utiliza las
historias ficticias para desarrollar varios monólogos, para hacer reflexiones
personales utilizando como excusa la historia que se está desarrollando, porque
él es todos sus personajes, todos ellos hablan por Mendoza, o el escritor se
comunica a través de ellos en un desdoblamiento de la personalidad que le
permite zambullirse en el alma de un desconocido, pero que es él mismo; el
mismo escritor con diferentes rostros. Muy egocéntrico por cierto.
El virtuosismo de Mendoza está dado por su
tendencia a hablar de frente, sin ambages, sin eufemismos, sin falsas diplomacias.
Habla sin tapujos porque para el escritor “escribir es resistir”, es una forma
de protestar, de sacar la cabeza por entre la multitud y decir: ¡No estoy de
acuerdo!
Para Mendoza el arte no solo es
entretenimiento sino también es ideología, es acción, es vida, es compromiso.
Elogiado y amado por la juventud, Mendoza se ha ubicado en los últimos años
como el escritor de referencia para identificar a la nueva generación de
escritores colombianos tan notables como él, y entre los que se destacan
Ricardo Silva Romero, Antonio García, Enrique Serrano, Juan Esteban Constaín,
Carolina Andújar, Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Piedad Bonnet, Santiago
Gamboa, Efraím Medina, Tomás González, Antonio Ungar, Pablo Montoya, Carolina Sanín,
entre muchos otros autores de la nueva generación post- boom latinoamericano.
“La
melancolía de los feos” es, igualmente, una reflexión sobre la belleza y la
fealdad, pero no desde el punto de vista estético sino desde la perspectiva del
destino, del papel del hombre dentro de esta obra de teatro denominada vida.
¿Le toca más fácil a los bellos que a los feos? Probablemente sí, pero a los
feos, por su misma falta de belleza les toca avisparse para afrontar los retos
de la existencia; esa exigencia los hace parecer más alerta, más conscientes,
más inteligentes, más perspicaces, más fuertes. La debilidad no está en la
fuerza física sino en la mental, y la vida le ofrece esa posibilidad a los feos
de volverse más fuertes en los terrenos de la conciencia, de la mente, del
espíritu. Ser tan feo no es tan malo después de todo, concluiría Mendoza.
Una novela muy recomendada, se lee con
pasión, con entusiasmo, es una magnífica oportunidad para dialogar con este
pensador, con este ser humano tan carismático, y tan magnífico como lo es Mario
Mendoza. Una reflexión sobre el viaje interior de cada uno, sobre el “golpe de
Estado” a nuestro propio statu quo interno. Gracias Mario por este libro tan
bello.
¿Con qué escribir?
Algunos escritores escriben
con máquina, otros con computador, otros con estilógrafo, otros a lápiz y otros
con pluma. Me parece increíble que a pesar de que ya existe una herramienta
como el computador – u ordenador como dirían los españoles-, todavía hay gente
que prefiere escribir a mano o en máquina.
Carlos Fuentes, el magnífico
escritor mexicano ya fallecido, no solo se caracterizaba por su disciplina y
rigor al momento de ejercer el oficio, sino que lo singularizaba el hecho de
hacerlo con estilográfico. Luego, el autor de La región más transparente, pasaba
sus notas en limpio en la máquina de escribir.
Gabriel García Márquez
(q.e.p.d) utilizó también la máquina hasta El
amor en los tiempos del cólera, que fue la primera novela que Gabo compuso
en su ordenador. El premio Nobel de literatura también se dejó tentar por el aluvión
de la tecnología, y sus últimas novelas fueran escritas utilizando el
computador.
Antes de que se inventara la
máquina o el ordenador, los escritores ejercían su oficio con la pluma, después
con la estilográfica. Hoy en día, sin embargo, todavía se recomienda utilizar
estos instrumentos para escribir, ya que la caligrafía también es un arte, como
muy bien saben los orientales, que utilizan el pincel para imprimir sus
alfabetos.
En lo personal, me gusta
escribir en el computador, incluso, me parece una tortura hacerlo en una
máquina ya que en el pasado tuve que hacerlo y fue fatal. El computador ofrece
una serie de posibilidades que no las da la máquina. Si tú la embarras en una
máquina, la embarraste en grande; tienes que volver a comenzar; con el
computador no sucede esto.
También he escrito con
estilográfico, y me parece mucho mejor, aunque al final le queda a uno doliendo
la mano; no sé cómo hacían los escritores de antes para eludir esta consecuencia.
Escribir a mano también permite cultivar el arte de la letra, de la caligrafía,
escribir de manera armoniosa y ordenada; eso se ha perdido con la utilización
del ordenador.
Otros escritores, que
también escribían a mano, como Ernest Hemingway, lo hacían de pie; yo prefiero
estar sentado. En fin, cada quien tiene sus mañas. Lo importante es gozar al
momento de crear, de escribir, ya sea con computador, con máquina, con
estilográfica, con pluma o con lápiz.
El ordenador facilita la
escritura, permite corregir, y tener en cuenta la ortografía; sin embargo, se
pierde con este –con el ordenador- el encanto de tener “bonita letra”. Pero,
por razones prácticas, creo que el computador es el mejor instrumento para
escribir actualmente.
Otro mecanismo o artilugio
ha surgido recientemente para escribir: se trata de la tablet o tableta. No sé
si algún escritor ya ha compuesto alguna novela utilizando esta herramienta, no
lo sé, sin embargo, muy pronto sabremos si algún “nativo digital” se despachó
la elaboración de un libro con un Ipad o con una tableta, y ni qué decir de los
dispositivos móviles. ¿Será que alguien ya escribió un libro en una tablet o en
móvil? Quién sabe, por ahora yo no tengo datos de esto.
La tecnología ya no solo
permite leer libros en dispositivos móviles o en tabletas, sino que también
permite escribirlos. Por ahora, yo estoy en el computador. Otros seguirán con
la estilográfica, y otros, con la máquina. ¿Qué otro artilugio se inventarán en
el futuro? Las posibilidades son ilimitadas.
La escritura no ha sucumbido
a las comunicaciones audiovisuales como muchos pensaban; la gente le gusta leer
letras, aunque también les encanta ver películas y escuchar audios. Sin
embargo, la escritura sigue vigente, y seguirá vigente, porque es una
herramienta mágica. Convertir signos en imágenes y en ideas es sorprendente,
alucinante, fantástico; y mientras siga la magia seguirán pululando por ahí
esos magos que escriben.
La tecnología audiovisual no
se ha impuesto del todo sobre la escritura; incluso, mucha gente prefiere leer
libros a ver las adaptaciones cinematográficas de esos mismos libros, o les
parece mejor la versión literaria porque es más profunda o más impactante.
Otra discusión interesante
es sobre dónde escribir, a qué horas, cuándo, solo o acompañado, o si se puede
escribir comiendo o consumiendo licor. Son otras posibilidades y otros tópicos
que darían para otro escrito.
¿Escribir mal o escribir bien?
Para mí es una necesidad,
me refiero a escribir. ¿Lo hago bien? ¿Lo hago mal? No lo sé, soy muy
autocrítico conmigo mismo y a veces no me gusta lo que plasmo en el papel en
blanco. Que tengo una prosa muy tosca me decía algún lector un día;
que hay mala ortografía en mis escritos, me endilgaba otra lectora furibunda;
que soy una vergüenza para los escritores, me espetaba esa misma lectora
furibunda. En fin, a lo largo de todos estos años de escritura pública he
recibido críticas buenas, malas y regulares por el trabajo que hago, nada
sorprendente, cuando uno hace algo público siempre le gusta a alguien, a
alguien no le gusta para nada y para otros (la gran mayoría) les es
indiferente.
Creo que quien se dedica a
escribir profesionalmente o con seriedad debería tener rigor a la hora de
utilizar el idioma, el lenguaje; de redactar con cuidado, de aplicar bien los
signos de puntuación, de conjugar bien los verbos, de poner mayúsculas donde
toca, de escribir mejor de lo que lo haría una persona común y corriente. Los
manuales de gramática y de ortografía son útiles, los diccionarios también, la
página web de la Real Academia Española de la Lengua debe ser de obligatoria
consulta para los que se dicen escritores. Así como los carpinteros refinan su
trabajo, o los dentistas, o los médicos, los escritores también están llamados
a perfeccionar su labor, y si su herramienta es el lenguaje, las palabras, pues
deben tener más cuidado con su tratamiento del que lo hacen las personas que no
se dedican a este oficio, ¿no es cierto? Es de sentido común.
Todo lo anterior es un
lugar común, sin embargo, creo que el perfeccionamiento de la escritura lleva a
una especie de neurosis, de paranoia, de esquizofrenia, de locura, ¿por qué?
Porque los escritores terminamos a veces poniéndole más cuidado al “qué dirán”
que al verdadero arte. Como nuestros escritos terminan la mayoría de las veces
en el ojo público, nuestra preocupación principal acaba siendo esa crítica de
los otros sobre nuestro trabajo, y por eso nos esforzamos en escribir según las
reglas del idioma, del lenguaje, y eso desemboca en un estrés de escritor, de
artista, de creador. El escritor suda frío cuando piensa en las rigurosas
miradas de los lectores, sobre todo en la forma como ha escrito y no en lo que
ha escrito. Eso termina agotando al artista; es cierto, es su deber escribir
bien, según las reglas correspondientes, sin embargo, la gente, las personas,
deberían darle un margen al escritor para escribir mal, para escribir sin
estilo, con mediocridad. ¿Estoy incurriendo en un anatema? ¿En una herejía?
¿Cómo puede un escritor escribir mal? ¡Eso es absurdo! Eso sería como pedirle
al arquitecto que construya mal, impensable. Pero sí, el escritor, como todo
artista es un ser libre, y debería ser tan libre, que incluso pudiera darse el
lujo de escribir con fallas ortográficas, de gramática, de redacción. ¿Para
qué? Para decirle a la gente que el lenguaje se hizo para la gente y no la
gente para el lenguaje, que esa mistificación del “escribir bien” se ha
convertido en un esnobismo, en un arribismo intelectual injustificado.
García Márquez –el premio
Nobel de literatura colombiano- acompañaba esta posición, no soy original; él
era un perfeccionista del idioma –tenemos que decirlo- no era un libertino de
la escritura, y sin embargo, pensaba que a veces se debía escribir con mala
ortografía. ¿Por qué? ¿Por puro capricho? No, por libertad, para desatarnos de
la dictadura idiomática, de la dictadura de las reglas de escritura que ha
impuesto alguien, y que por lo tanto nos atan con mordacidad, con enajenación.
García Márquez utilizaba groserías en sus escritos, empero, escribía a pesar de
esto muy bien, ¿quién podría criticar a Gabo por utilizar mal el idioma? Creo
que nadie, aunque por ahí he visto no una sino muchas objeciones a su trabajo
desde el punto de vista del estilo, ¡qué locos!
Sí señores, hay que
escribir bien, sobre todo tratándose de personas dedicadas a este oficio. Pero,
démonos una licencia de vez en cuando, como para sentirnos despojados de ese
yugo riguroso, liberados de esas reglas obligatorias que han impuesto los
manuales de escritura, y de redacción; utilicemos el idioma y no dejemos que él
nos utilice a nosotros; porque lo que más nos llama la atención de la escritura
a los escritores es que es como un juego. Las reglas estrictas terminan
sofocando el gozo, el juego; aunque como todo juego, también tiene reglas que
hay que cumplir para disfrutar de la actividad.
Escribir como terapia
Sí, suena feo, a mis colegas escritores posiblemente
no les guste que se hable de la escritura como una terapia; como si fuera un
curso de relajación, de meditación, de yoga, de fitness o de zumba. La
escritura para muchos es un arte, un oficio, una profesión, una religión, pero
no una terapia.
Hace algunos años, como ya lo he mencionado en otros
artículos, leí un ensayo del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury “Zen en el arte de escribir”, donde él
aconsejaba escribir para disminuir o apaciguar ciertos dolores del alma como
pérdidas de seres queridos, fracasos, etc. Incluso, el mismo Bradbury se
disculpaba por utilizar la palabra “terapia” en su ensayo.
Yo creo que la escritura le puede ayudar a muchas
personas a sobrellevar momentos dolorosos, a desahogarse, a hacer catarsis. Es
cierto, la escritura ha sido asumida por muchos artistas como un culto, como
algo que no es banal y esto incluye no tomarla como una terapia, ya que suena
como a consultorio médico.
Yo no soy tan estricto; creo que si bien muchos
escritores viven de este arte, y es realmente un oficio serio para asumirlo
como una profesión, la escritura también puede ser tomada como una actividad
lúdica que le permite a un ser común y corriente afrontar problemas cotidianos
de una manera más ligera.
Los escritores –algunos, no todos afortunadamente-
tratan de alejar al vulgo de esta actividad. Señalan al oficio como algo
difícil, complejo, aparatoso; como una actividad a la cual solo pueden llegar
algunos elegidos de los dioses. Obviamente, ellos defienden a su gremio, por
motivos profesionales, sociales, e incluso por razones económicas: el pastel no
es muy grande y no quieren repartirlo entre más gente.
Sin embargo, yo le hablo a las personas comunes
corrientes, no a quienes añoran convertirse en escritores profesionales, en los
futuros García Márquez o Vargas Llosa; no, yo le hablo al ama de casa, al
estudiante, al oficinista, al obrero de construcción, a la secretaria, al
policía, al niño, o a cualquier persona que tenga la necesidad de escribir.
No todo el mundo quiere escribir novelas, o poemas, o
cuentos, o ensayos, u obras de teatro, o tratados de filosofía extensos; no,
hay gente que solo quiere llevar un diario de su vida, o simplemente escribir
reflexiones livianas sobre problemas cotidianos. Otros solo desean escribir por
escribir, ya sea ficción, crónica, o algún género literario indefinido.
La escritura profesional requiere de una dialéctica
más elaborada. Si no, lean el libro “El
escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato. La escritura como oficio no es
solo sentarse y mascar chicle. Es una actividad de un alto contenido
espiritual, filosófico, anímico, y mental. Es toda una visión de la vida, de la
muerte, del tiempo, del espacio, del hombre, del Universo, de la existencia.
Eso sí es todo un complique.
Pero, no creo que la escritura exista solo para los
escritores profesionales, para los literatos, para los pensadores, para los
filósofos. La escritura es una actividad humana que debe ser accesible a todo
el mundo. Escribir es un placer, igual que la lectura; sin embargo, en los
colegios y universidades se toma como un deber, como una obligación, y
desafortunadamente la escritura ha seguido el mismo camino de su hermana la
lectura: se han convertido en suplicios para estudiantes.
La gente común y corriente debería escribir más; eso
sí, si tiene un anhelo extremo de hacerlo, no debería auto-obligarse. ¿Escribir
sobre qué? Sobre lo que se le dé la gana; sobre su vida, sobre sus
preocupaciones, sobre sus anhelos, sobre sus deseos, sobre lo que se le pase
por la cabeza. Así de simple. No es necesario que al primer intento salga con
una novela, con un cuento, o con un poema. Puede ser una simple narración de su
vida, o una cavilación sobre problemas del día a día.
El que quiera incursionar en la ficción también es
bien recibido. La ficción es imaginación en movimiento, es crear mundos
imaginarios, personajes que solo viven en la mente de su creador, escenarios
fantásticos. La ficción es atrayente, es una especie de escapismo. A los
escritores que se dedican a la ficción tampoco les gusta que se vea esta como
un simple escapismo; no, ellos quieren ver en la ficción una metáfora de la
vida cotidiana, una reflexión de la realidad desde una perspectiva imaginaria. Sabato
es muy estricto sobre este tema –o era muy estricto en vida-, para él, la
novela era un estudio del problema del hombre, del drama del hombre en el
Universo. Para Sabato, la ficción no era una simple jugarreta, o un escape
lúdico.
Sin descartar la posición de Sabato, creo que la ficción
para quien no desea ser un escritor profesional, puede llegar a ser un buen
escape de la cotidianidad. Estamos sujetos a los trancones (atascos de
tráfico), a las filas en los bancos y en las entidades públicas, a la constante
y cotidiana relación con el prójimo que a veces puede ser violenta o pacífica
(depende del prójimo), a las deudas, a los criminales, a los políticos, a los
mentirosos, a los estafadores, en fin, a la vida con todo lo ruda que es. La
ficción puede ser un paliativo; en lugar de estar pensando en el pago de los
recibos de la luz, del agua, del teléfono, se puede reflexionar por escrito en
planetas lejanos inexistentes, en extraterrestres, en magos, en brujos, en
hadas, en príncipes, en reyes y reinas, en ciudades de chocolate. ¿Por qué no?
¿Por qué restringir la ficción a la realidad degradada, o a la simple
descripción de lo cotidiano desde lo literario? Posiblemente un ama de casa
quiera inventarse un montón de cuentos sobre príncipes azules o dragones, ¿qué
de malo hay en eso? Nada; ¿es malo o perverso el escapismo? ¿Por qué? Todos los
días en nuestra propia mente nos ausentamos de la realidad para poder
sobrevivir, como cuando nos hundimos en un pozo o en una piscina y tenemos que
sacar la cabeza para respirar. Eso ocurre con la ficción, es como un respiro,
como un tomar aire en medio de una realidad que debilita, que adormece, que sojuzga,
que repele, que enferma.
Creo que los escritores profesionales también escriben
como una terapia. Woody Allen –el cineasta- comentaba que él lo hacía para no
volverse loco. Fernando Vallejo aseguraba que la escritura para él era un
pasatiempo, para soportar la rutina de la vida. Otros escritores simplemente
ejercen esta actividad como una necesidad física y psicológica. No pueden dejar
de escribir. Hace algunos días vi la entrevista que le hicieron a un autor
español; él decía que después de acabar una novela tenía que empezar otra o si
no se desesperaba, que para soportar el guayabo o la resaca de haber finalizado
un libro tenía que empezar con otro. En este caso, “un clavo saca otro clavo.”
En fin, escriban si tienen el deseo irrefrenable de
hacerlo, no se coarten, no se inhiban, no les dé pena, háganlo, con libertad.
No es necesario que escriban como Shakespeare o como García Márquez; escriban
como ustedes lo saben hacer, así de simple; pueden escribir para sí mismos o
para otros; si quieren publicar sus escritos en un blog háganlo, no les dé vergüenza,
procedan. Si quieren dejar sus escritos para una consulta privada también es
válido. Si quieren escribir y después destruir lo que escriban, es su decisión,
nadie les va a reclamar por eso, salvo su propia conciencia. Escriban, pero
también lean. Al leer, simultáneamente con la escritura, pueden descubrir
nuevas vías de escape, nuevos métodos, nuevas estructuras. Pueden encontrar sus
propias manías, sus propios vicios narrativos. Si no quieren leer y solo quieren escribir,
también, háganlo, procedan. Si no les gusta lo que escriben no se pongan a
llorar, no se auto-torturen, no se flagelen. La escritura, como toda actividad
humana, es susceptible de perfeccionarse, de aprenderse, de conocerse, de
ampliarse; con el paso del tiempo podrán descubrir para qué sirven los signos
de puntuación, las tildes, las mayúsculas, la ortografía en general, la
gramática; verán que la escritura es como una sinfonía, con acordes, con
sonidos graves y agudos, con silencios; la escritura tiene un ritmo, pero eso
lo irán descubriendo ustedes mismos. La escritura es un placer, que necesita
disciplina, que requiere de dialéctica, de reflexión. Pero no está reservada
para una élite, o para un grupito de personas determinado; no, la escritura es
una creación humana para el hombre en general, es universal, es global, es general,
es un recurso al alcance de todos, para utilizarse con conciencia, con sentido
común, con amor.
"Ágata en dos tiempos" mi más reciente novela
Ágata Alerve es una psicóloga colombiana que vive en Boston. De pronto, al volver a su país, se ve inmiscuida en una investigación criminal relacionada con el supuesto asesinato de su mejor amigo del colegio. Ella, para resolver el caso, tendrá que enfrentarse a una poderosa secta que quiere colocar a uno de sus miembros en el cargo político más importante de la Nación. Un grupo de jóvenes excéntricos ayudarán a Ágata a investigar el crimen y a enfrentarse contra esta poderosa secta.
Presentación general de la novela y boletín de prensa: AQUÍ.
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#Ágataendostiempos
“Buda Blues” de Mario Mendoza
Esta novela se publicó en 2009
pero solo hasta ahora (2104) me dio por abordarla. La verdad, no había leído
nada de este escritor colombiano autor de otros libros como Scorpio city o La importancia de morir a tiempo.
Mendoza plantea dos historias
paralelas de dos amigos de infancia, que al crecer se involucran en una serie
de movimientos que luchan por la igualdad social y la reivindicación de las
clases oprimidas. Vicente y Sebastián –los dos amigos- nos cuentan sus
peripecias utilizando el instrumento de la carta.
Ingeniosa forma de contarnos
una historia la que utiliza el autor, ya que en primera persona de dos
narradores diferentes nos introducen en el mundo de las clases populares de Bogotá,
de los movimientos revolucionarios del Congo, de las cárceles de la India, de
las favelas de Brasil, etc. Dos narradores en primera persona; Vicente, un
profesor universitario que de pronto se ve inmerso en un mundo oscuro, psicopático,
absurdo, realista, convulso, amorfo, antiestético, debido a la misteriosa muerte de un tío que se ha inventado un movimiento de reivindicación social. Por el
otro lado está Sebastián, un joven inadaptado que debido al extraño fallecimiento de
una adolescente decide emprender una peregrinación alocada por el mundo.
Mario Mendoza se suma al nuevo
grupo de autores colombianos que buscan crear un desligue de todo lo que fue y
lo que significó el realismo mágico de Gabriel García Márquez. La novela de
Mendoza es más urbana, menos pueril, menos romántica, más cercana a los
sentimientos y las vivencias cotidianas de quienes habitan una ciudad como
Bogotá, por ejemplo. Mendoza estudió en el mismo colegio del que yo me gradué como
bachiller: el Refous; estudió literatura, y se convirtió en profesor. Años más
tarde dejó el trajín pedagógico de la educación superior y se dedicó a escribir
de tiempo completo. Ha ganado varios premios, entre ellos el de Biblioteca Breve
Seix Barral, y otros.
El autor de Buda Blues afirma que su estilo
literario se inscribe en el llamado “realismo degradado”; una versión mucho más
oscura, más lúgubre, más pesimista, más dura de lo que todos experimentamos
como el universo fenoménico. Mendoza no tiene concesiones con el lector, lo
lleva por una montaña rusa de emociones, descripciones, anécdotas, reflexiones,
que pueden producir rechazo o una verdadera pasión. En mi caso personal, Buda Blues me generó lo segundo.
La pobreza, la marginación, la
exclusión, la explotación, la discriminación; el problema del sistema de
convivencia humano actual, con el que muchos no estamos de acuerdo. El tío de
Vicente Estévez –uno de los personajes protagónicos de la novela- es una
especie de lobo estepario (a la manera de Hesse), vive apartado de la sociedad,
se dedica a leer, y se inventa una filosofía en la cual “La Cosa” es el
monstruo social que se alimenta de todas esas aberraciones que vivimos hoy en
día en el mundo capitalista (y también en el socialista). Vicente y su amigo
Sebastián deciden internarse en ese mundo de protestas, de revoluciones, de
marginación, de reivindicaciones. Descubren muchas aristas que no habían tenido
en cuenta, como que la violencia no lleva a nada bueno, y que el pacifismo
siempre será la alternativa de los astutos, de los inteligentes, de los
verdaderos seres humanos.
¿Por qué Buda Blues? ¡Qué titulo más atractivo para una novela! Porque
combina dos términos que podrían sonar excluyentes, de un lado el Budismo con
toda su parafernalia de respuesta a la inutilidad al deseo, y de otro lado el Blues, la música de los afroamericanos en Estados Unidos, que tuvo su origen en
los lamentos y los cánticos de los esclavos de las plantaciones del Sur. ¿Cómo
pudo Mendoza compaginar ambos términos, ambos universos? Tienen que leer la
novela para saberlo, para conocer la propuesta del autor. Damos una pista,
Mendoza también está imbuido del Zen, de la filosofía que busca silenciar la
mente para que los hombres nos encontremos con nosotros mismos.
El libro está muy bien escrito,
tiene muy pocos diálogos, o mejor dicho tiene muy pocos diálogos
intrascendentes, porque todo lo que dicen los personajes siempre es importante,
no hay tiempo para perder el tiempo sería la premisa de Mendoza en Buda Blues. Solo tengo una crítica para
esta magnífica historia: el llamado “realismo degradado”, termina siendo “realismo
delirante” porque Mendoza acomoda muchos acontecimientos reales a situaciones
ficticias de la historia que terminan siendo demasiado ficticios,
ultraficticios. Los que ya han leído el libro sabrán a qué me refiero. Mendoza
pasa del “realismo degradado” a la “ultraficción”.
¡Buena esa Mario! Diría yo como
refousiano, al leer a otro refousiano. Y siendo objetivos, diría yo que Buda Blues es uno de los mejores libros que
se han escrito en nuestro país; es un texto de obligatoria consulta para todo el
que quiere entender la situación de América Latina y en especial de Colombia.
También es un libro universal, lo puede comprender un africano en Uganda, o un
pakistaní, o un croata. La agonía del hombre contemporáneo frente a un desgastado,
anquilosado y anacrónico modelo de convivencia humano basado en la explotación,
en la dominación, en la monopolización. En eso también estamos sintonizados con
Mario Mendoza; al final llegamos a las mismas conclusiones: ¡Buda Blues,
hermanito!
“Inferno” de Dan Brown
La más reciente novela del
escritor norteamericano está ambientada en tres ciudades históricas: Florencia,
Venecia y Estambul. Esta vez, el profesor de simbología de Harvard Robert
Langdon debe resolver un misterio basado en la obra del maestro renacentista
Dante Alighieri.
Un genio de la ingeniería
genética se ha inventado un virus que podría poner en peligro la existencia de
la humanidad, para tal efecto, el profesor Langdon deberá seguir una serie de
pistas para tratar de detener esta amenaza.
La novela de Brown resulta
atrayente para los amantes de los misterios, los símbolos, la historia, el
arte, los relatos policíacos y las sociedades secretas. Este autor nos tiene
acostumbrados a que las temáticas de sus libros estén relacionadas con los
tópicos que mencioné anteriormente.
En lo personal soy un seguidor
de la obra de Brown, no me da vergüenza decirlo, y estoy seguro que muchos
pseudointelectuales también lo son, pero prefieren mantener su afinidad en
secreto porque este autor no está en la lista de los “escritores cultos”.
El
código Da Vinci fue un éxito de ventas a nivel mundial, millones
de ejemplares de esta obra circularon en todo el planeta, y convirtió a Brown
en una celebridad, aunado a esto, el libro fue llevado a la pantalla grande con
relativa suerte. Ángeles y demonios –otra
obra de este escritor- también fue objeto de una adaptación cinematográfica, y
ya se habla de dos filmes más, basados en los más recientes trabajos literarios
de Brown.
Inferno
cuenta
con todos los elementos de las novelas anteriores de este autor norteamericano.
El protagonista también es Robert Langdon, quien ya había aparecido como el
personaje central en El código Da Vinci, en Ángeles y demonios, y en El símbolo perdido.
Obviamente, la obra no ofrece
elementos novedosos a nivel literario o artístico, utiliza una tercera persona
como narrador omnisciente, las tramas habituales de las novelas policíacas y de
suspenso, y el misterio como principal aliciente para mantener interesado al
lector.
Dan Brown se involucra en esta
novela con la obra de Dante Alighieri, más exactamente con la Divina Comedia y esencialmente con el Inferno. Igualmente, lleva las pistas de
la trama a ubicaciones del mundo real en las ciudades de Florencia, Venecia y
Estambul.
De otro lado, el autor aborda
una serie de asuntos contemporáneos, a saber: el transhumanismo, la
sobrepoblación mundial y las pandemias. Esta mezcla de temáticas, “antiguas” y “nuevas”,
genera una combinación bizarra, lo cual está presente en casi todos los libros
de Brown. Recordemos; en El código Da
Vinci aborda la obra pictórica del maestro renacentista, pero también el
conflicto actual de las tendencias al interior de la iglesia Católica. En Ángeles y demonios combina el tema de la
sociedad secreta de los Illuminati –y sus problemas con el Vaticano- y de la
materia oscura. En El símbolo perdido
se refiere a la Masonería y a las modernas investigaciones sobre la mente
humana. En las dos primeras obras de ficción de Brown La fortaleza digital y La
conspiración, esta combinación de tópicos históricos no es tan clara y es
más bien contemporánea.
Creo que esta combinación es un
punto a favor de la novela; sin embargo, no podemos soslayar que el relato
resulta en cierto punto bastante rebuscado. Varias preguntas surgen al terminar
la lectura del libro; el lector quedará en su conciencia con un gran
interrogante: ¿Por qué?
Como ya dije, soy un aficionado
de los libros de Brown, a pesar de que las razones que mueven la trama de Inferno son inverosímiles. Yo le aconsejaría
a los nuevos lectores de estos libros disfrutarlos tal como vienen, no se
pongan a hacer disquisiciones racionales o metafísicas porque de pronto
resultan dejando a un lado esta novela. Mírenlo como un cuento infantil donde
se tocan temas serios, ríanse, asómbrense, y sobre todo lean lo que Brown
cuenta sobre la simbología de la obra de Alighieri, y de los lugares que
describe en Italia y Turquía.
Mi consejo es ser felices con
estas novelas de Brown, no tomarlas tan en serio, pero tampoco tan en broma;
divertirse, porque esta es la única manera de no pensar: ¿Qué carajos estoy
leyendo? Si hacen esto pasarán unos momentos muy agradables. Ahora bien, los
temas serios como el transhumanismo, la sobrepoblación y las pandemias,
generarán controversia en las mentes curiosas y obstinadas, en aquellas mentes
que no son neutrales en momentos de inmoralidad.
“El escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato
Es un libro de ensayos
publicado por el escritor argentino en 1963. Trata principalmente sobre el
oficio de escritor, la literatura, el sentido de la ficción y de la novela, y
en general busca esbozar una problemática filosófica en torno a la narrativa de
su época.
No es un manuscrito que pueda
leerse a la ligera; más aun a mí me tomó leerlo un año, y no porque sea
extenso, sino por la densidad de los temas que aborda. Yo diría que es un libro
de filosofía literaria, si es que puede caber este término; o de filosofía del
arte literario.
Sabato toca varios temas, y no
de manera superflua, independiente de la extensión del escrito que no lo es
poca. La relación de la literatura con la política, con la filosofía, con la
historia, y hasta con la economía. Y esta última descripción tal vez pueda
sonar muy frívola, ya que si bien es cierto someramente se puede hacer esta
descripción, el autor llega a estas relaciones desde puntos de vista
divergentes.
El autor de El túnel, Sobre héroes y tumbas, y Abaddón
el exterminador, nos sumerge en una profunda reflexión sobre el sentido del
quehacer literario y de la ficción. Para él, la novela es un producto de los “tiempos
modernos”, cuando la Edad Media empieza a desfallecer atosigada por el
capitalismo, la técnica y la razón. La novela es un producto contemporáneo,
según Sabato; es una expresión artística que busca describir y transmitir al
lector los dramas del hombre actual.
Para el autor, la novela
verdadera, la novela que trasciende, es aquella que trata esa problemática. El
escritor se transmuta en un filósofo, porque intenta encontrar la verdad a
partir de la ficción que está creando. Hay una obsesión constante en Sabato:
utilizar la literatura y la novela para ahondar en la condición del hombre;
para descubrir el drama de su vida, para entenderlo, o por lo menos, para
llevarlo a la superficie de los sentidos y hacerlo visible a los ojos de los
demás.
Creo que Sabato le quiere dar
un sentido trascendental a la literatura, a la novela; ¿en serio lo tiene? Me
pregunto; ¿es la literatura y la novela un medio eficaz de descubrimiento de la
verdad? La respuesta es no. Sin embargo, el autor argentino –que también lo
sabe, aunque no lo quiera confesar- ubica esta expresión artística en un plano
de necesidad, de requerimiento espiritual, de destino ineludible, de
importancia suprema. Creo, y lo digo humildemente, que a Sabato se le va la
mano.
¿Quién soy yo para decir esto?
Nadie; en cambio, él fue un grande; un excelente escritor leído por millones de
personas. Y todavía es leído. Yo soy un aprendiz de escritor, de artista, y
siempre lo seré; ¿cómo me voy yo a igualar con Sabato, o con Borges, o con
Cortázar? Ni punto de comparación. Empero, tengo mis propias ideas sobre estos
tópicos.
Creo que la literatura es un
arte, es una expresión artística a la cual se le pueden administrar diferentes
propósitos: filosóficos, artísticos, recreativos, lúdicos, moralizadores, políticos,
etc. La literatura es tan compleja como el hombre mismo, no es unidimensional.
Sabato quiere darle una dimensión filosófica y desecha las otras esferas o
propósitos. Es válido, ese es su punto de vista. Yo no lo comparto.
Por ejemplo, Sabato desdeña la
novela policíaca; dice que es netamente recreativa, que solo busca divertir al
lector e incluso al escritor. Que no es gran cosa. Que no logra obtener el
sentido de la novela: indagar en el drama humano, en la problemática del
hombre. Para él, la novela problemática –como él la llama- es la auténtica y
verdadera novela.
Creo que el escritor de El túnel parte desde un prejuicio
artístico, y es el de la utilidad del arte mismo. Él quiere darle una
trascendencia sin igual como ya lo dije, una importancia universal. Sin
embargo, como todo arte, está diseñado para administrar o satisfacer diferentes
necesidades, una de esas necesidades es la filosófica, que es la que obsesiona
a Sabato. Pero, ¿y la recreativa? ¿Y la política? ¿Y la educadora o
moralizante? ¿No son literatura? ¿No son necesidades que deban ser satisfechas?
Este es el prejuicio del autor.
Sin caer en la banalidad, o en
la frivolidad, podemos asegurar que la literatura como arte puede cubrir todas
estas expectativas, sin que ninguna sea mejor que la otra. Si un escritor
quiere divertir a sus lectores, es válido; si un escritor quiere enviar
mensajes moralizantes a sus lectores, es válido; si un escritor quiere exponer
el drama humano a través de sus obras para reflexionar sobre este, es válido.
Yo no creo que la literatura
sea unidimensional. Como todo arte, como toda creación humana, es una actividad
compleja; no creo que se puedan desdeñar las diferentes esferas de esta, para
dejar solo una. Obviamente, El escritor y
sus fantasmas no es un ensayo fácil, yo lo estoy minimizando hasta un punto
de verdadera profanación. Doy una visión demasiado global sobre este, y creo que
caigo en la desafortunada superficialidad. Pero, para que yo sea absuelto por
el tribunal de la historia y de los eruditos, debo decir que esta es la idea
central de todo el libro.
“Dios no escribe novelas”
sentencia Sabato; estas son un producto de los humanos como seres imperfectos.
Estoy de acuerdo, pero los humanos no solo escribimos novelas para comprender
nuestro drama, también lo hacemos por diferentes motivos y con objetivos
disímiles. La “novela problemática” no es la auténtica novela; los otros géneros
son tan relevantes como cada autor lo quiera. Debe abonársele a Sabato esa
preocupación por enaltecer el oficio de escritor de ficción, de novelas; él
busca que este oficio no sea considerado banal. Esta preocupación es
irrelevante porque cada escritor hace de su oficio lo que él quiera. Si quiere
convertir al arte literario en una religión, es respetable; si quiere
convertirlo en una filosofía es respetable; si quiere convertirlo en una
diversión, es respetable. El ser humano es tan complejo, como el mismo escritor
argentino lo advierte durante todo el libro; es por esto que la literatura
tiene diferentes objetivos y sentidos. ¿Cuáles? Los que cada escritor quiera
brindarle. Por eso los hombres escribimos novelas, porque queremos ser
creadores; porque queremos divertirnos, o preocuparnos, o simplemente por
hacerlo.
"Afrodita celeste en los templos de cobre": mi nueva novela
Es una novela sobre
el amor, sobre el romance. Ariadna y Antonio son dos jóvenes estudiantes de
diplomacia; ellos descubren entonces que se han enamorado mutuamente. En medio
de esa relación surgen varios obstáculos: la enemistad con un profesor, las competencias
dentro de diferentes sociedades de debate, y lo peor: una conspiración
política. El amor de estos dos jóvenes se ve afectado por todas estas
circunstancias. ¿Prevalecerá el amor? ¿La competencia académica? ¿Los celos?
¿Las intrigas políticas? Es una novela corta, sencilla, que nos devuelve a la
esencia de los más profundos sentimientos.
Adiós a un Maestro: Gabriel García Márquez
El
primer libro que leí por cuenta propia fue Cien
años de soledad. Con una prosa impecable, una fantasía exuberante, y un
método narrativo genial, la novela más conocida del Nobel colombiano me
deslumbró y desanimó cuando la abordé. ¿Por qué me desanimó? Porque creía que
yo jamás escribiría así, y pues jamás he escrito así, y jamás lo haré, sin
embargo, con el paso del tiempo la narrativa de García Márquez me impuso un
camino a emular, por lo menos.
¿Qué
es el realismo mágico? Un mundo imaginario que se parece a la realidad. Así de
sencillo, y no al revés. Ese fue el mundo en el que vivió Gabo, en el que
vivimos todos los fantasiosos, todos los escritores de ficción. La meta-realidad
dirían algunos, la creación de universos paralelos a través de la palabra y del
lenguaje.
Hoy
en día, hay una nueva generación de escritores que tratan de emular a García Márquez,
de seguir sus pasos, más no de imitarlo. Y es que imitar a Gabo es muy difícil,
imposible, él era único, admirable narrador de prosa encantada. Todos los
escritores de ficción practican el realismo mágico, creamos mundos ficticios
parecidos a la realidad cotidiana, a la que detectan nuestros cinco sentidos.
Los escritores colombianos, y los escritores en general, nunca alcanzaremos a
García Márquez porque el proceso creativo es único, irrepetible, inimitable,
solitario, y original; cada escritor tiene una vida, y esa vida es imposible de
calcar.
Otras
novelas de Gabo que también leí, fueron: El
amor en los tiempos del cólera, El
general en su laberinto, Crónica de una muerte anunciada, Memoria de mis putas tristes, y la
autobiografía Vivir para contarla.
Tengo pendiente leer El otoño del
patriarca, la novela –que según decía su autor- era la más estudiada y
examinada de toda su obra. Siempre he admirado la prosa de Gabo, aunque debo
confesarlo no era mi escritor “mentor”, podríamos llamarlo así, porque García
Márquez no era un escritor para escritores, era un escritor para todo el
público, y por eso es que su estilo era tan pulcro y tan poético.
Que
a García Márquez le gustaba el poder, que le atraía el poder, ¿y a quién no?
Todo ser humano quiere mandar, ordenar, generar influencia; todos los hombres
tenemos esa tentación, lo que pasa es que Gabo se dejó llevar por sus
instintos, por sus inclinaciones, y por eso tuvo como amigos a presidentes, a
políticos, a ideólogos, a periodistas, a empresarios, a gente con mucha
influencia, le gustaba juntarse con los poderosos; como a mí me gusta el
chocolate.
Al
ser entrevistado Vargas Llosa –otro premio Nobel, y examigo de Gabo- a raíz de
la muerte del escritor colombiano, sentenció: “Sus
novelas le sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier”. Ese es el premio del artista, del
creador: la inmortalidad. García Márquez –como bien lo dijo Vargas Llosa-
seguirá vivo en sus libros, en sus cuentos, en sus crónicas, en sus ensayos, en
sus discursos, en las entrevistas que concedió; y así pensaremos que no se ha
ido, sino que pasó a una dimensión donde ya no hay hambre, ni frío, sino solo amor.
Maestro
García Márquez, nunca lo conocí personalmente, pero al leer sus novelas y su
obra es como si lo hubiera hecho. Todos tenemos la impresión de que se nos
murió un amigo, alguien cercano, alguien que nos divirtió y que nos puso a
pensar, alguien que desató una pasión, alguien que nos retó.
Las cualidades del poeta: Edgar Allan Poe y la oscuridad literaria
El
Cuervo es tal vez uno de los poemas más famosos de la
literatura norteamericana, escrito por Edgar Allan Poe. Allí el escritor expone
toda su visión oscura de la existencia, sus preocupaciones, y sus miedos. La
trayectoria vital de Poe estuvo llena de oscuridad, de privaciones, de
frustraciones, y de melancolía.
Conocido por su visión
pesimista de la vida, Poe fue crítico literario, cuentista, novelista, y sobre
todo poeta. Dicen que duró varios años componiendo El Cuervo, y que incluso cuando se encontraba enfermo recitaba su
poema en construcción.
La leyenda negra dice que
Poe murió debido a los efectos de una espantosa borrachera, que lo encontraron
tirado en cualquier calle, y que murió pocos días después al ser remitido a un
hospital. Sin embargo, al parecer, la leyenda negra sobre su borrachera y sobre
su afición al alcohol fue sobrestimada por quienes heredaron los derechos
literarios de su obra; querían aumentar el morbo sobre la tragedia del autor. Poe,
al parecer, no murió de una borrachera sino de anemia, debido a varias
donaciones de sangre que hizo a cambio de dinero. Poe vivió en la miseria, sus
padres adoptivos decidieron no apoyar su carrera literaria, y debido a esto
trató de trabajar en varios empleos relacionados con la literatura que no le
reportaron muchos dividendos.
El
Cuervo, poema con estilo narrativo, es la máxima expresión
creativa de Poe. Sus biógrafos aseguran que ese era el anhelo del autor,
convertirse en poeta. Que también escribió cuentos y hasta novelas, pero solo
para sobrevivir, para ganar algo de dinero. En los años que vivió, Poe era
invitado a salones de té, y tertulias literarias para que recitara este poema,
dicen que gozaba de una magnetismo extraño, y que no era indiferente para las
damas. Poe andaba arropado por una vieja capa negra que lo acompañó siempre, otorgándole un aspecto excéntrico y misterioso.
Hoy en día Poe está
catalogado como uno de los escritores más importantes de la literatura
norteamericana, su poema El Cuervo es
un clásico de esa misma literatura, y su obra –que no fue apreciada plenamente
en su época- hoy en día es objeto de culto.
Aquí
pueden leer su poema El Cuervo.
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