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“La melancolía de los feos” de Mario Mendoza
El escritor colombiano nos vuelve a
sorprender y a maravillar con esta hermosa historia sobre la belleza y la
fealdad, la juventud y la madurez, el dolor y el placer, la locura y la
lucidez.
En esta novela de doscientas cuarenta y un
páginas Mendoza nos transporta a un relato que sucede en Bogotá, en el cual un
niño deforme, jorobado y monstruoso se hace amigo de un joven adoptado que no
conoce a sus padres biológicos. La amistad entre los dos niños trasciende el
tiempo hasta sus años de hombres adultos.
El sistema que escoge el escritor para narrar
la historia es el epistolar, a través de sucesivas cartas que recibe el niño
adoptado –León Soler- en sus épocas de médico psiquiatra de hospital público,
por parte de su antiguo compañero de infancia.
Una reflexión sobre los destinos de los seres
humanos, sobre la desgracia, sobre el viaje interior –simbolizado por la
travesía oceánica-, sobre el éxito y la derrota, y sobre todo: sobre el amor
que debe invadir nuestras vidas para hacerlas excitantes y satisfactorias.
Mendoza es uno de los escritores colombianos
que más libros vende hoy por hoy, solo superado por el fallecido premio Nobel
Gabriel García Márquez. Es por esto que muchos ya han empezado a atribuirle el
moquete de autor de marketing y de entretenimiento, lo cual es totalmente
injusto e irreal. Mendoza escribe para el público común y corriente, es cierto,
cualquier persona que sepa leer y escribir lo puede entender, y ese es el gran
acierto de este artista. Obviamente, que si solo vendiera uno o dos libros ya
no le dirían escritor de marketing sino “autor de culto”, el problema para sus
críticos es que venda libros, ¡increíble!
Las novelas de Mendoza son urbanas, son
universales, son sentimentales y sobre todo, están escritas con pasión, con
sentimiento, con emocionalidad, eso se nota. Mendoza casi que utiliza las
historias ficticias para desarrollar varios monólogos, para hacer reflexiones
personales utilizando como excusa la historia que se está desarrollando, porque
él es todos sus personajes, todos ellos hablan por Mendoza, o el escritor se
comunica a través de ellos en un desdoblamiento de la personalidad que le
permite zambullirse en el alma de un desconocido, pero que es él mismo; el
mismo escritor con diferentes rostros. Muy egocéntrico por cierto.
El virtuosismo de Mendoza está dado por su
tendencia a hablar de frente, sin ambages, sin eufemismos, sin falsas diplomacias.
Habla sin tapujos porque para el escritor “escribir es resistir”, es una forma
de protestar, de sacar la cabeza por entre la multitud y decir: ¡No estoy de
acuerdo!
Para Mendoza el arte no solo es
entretenimiento sino también es ideología, es acción, es vida, es compromiso.
Elogiado y amado por la juventud, Mendoza se ha ubicado en los últimos años
como el escritor de referencia para identificar a la nueva generación de
escritores colombianos tan notables como él, y entre los que se destacan
Ricardo Silva Romero, Antonio García, Enrique Serrano, Juan Esteban Constaín,
Carolina Andújar, Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Piedad Bonnet, Santiago
Gamboa, Efraím Medina, Tomás González, Antonio Ungar, Pablo Montoya, Carolina Sanín,
entre muchos otros autores de la nueva generación post- boom latinoamericano.
“La
melancolía de los feos” es, igualmente, una reflexión sobre la belleza y la
fealdad, pero no desde el punto de vista estético sino desde la perspectiva del
destino, del papel del hombre dentro de esta obra de teatro denominada vida.
¿Le toca más fácil a los bellos que a los feos? Probablemente sí, pero a los
feos, por su misma falta de belleza les toca avisparse para afrontar los retos
de la existencia; esa exigencia los hace parecer más alerta, más conscientes,
más inteligentes, más perspicaces, más fuertes. La debilidad no está en la
fuerza física sino en la mental, y la vida le ofrece esa posibilidad a los feos
de volverse más fuertes en los terrenos de la conciencia, de la mente, del
espíritu. Ser tan feo no es tan malo después de todo, concluiría Mendoza.
Una novela muy recomendada, se lee con
pasión, con entusiasmo, es una magnífica oportunidad para dialogar con este
pensador, con este ser humano tan carismático, y tan magnífico como lo es Mario
Mendoza. Una reflexión sobre el viaje interior de cada uno, sobre el “golpe de
Estado” a nuestro propio statu quo interno. Gracias Mario por este libro tan
bello.
Intimidad
Contarle a la gente nuestras alegrías y nuestras tristezas,
hacerlas públicas; describir nuestra infelicidad causada por algún evento que
mi mamá llamaba “malos momentos”. Hay gente que hace eso, que les revela a los
demás sus nostalgias, sus debilidades, su precariedad emocional, como si esto
fuera una catarsis, como un diario, ¿y por qué no lo dejan para ellos mismos en
vez de estarlo divulgando a los cuatro vientos? No lo sé.
Como escritor –aunque la etiqueta me quede grande- utilizo, a
veces, esos hechos dolorosos para trasladarlos al papel, ya sea para producir
textos de ficción o no. Como el método de Stanislavski que
utilizan los actores para producir escenas tristes, dolorosas o risueñas:
acuden mentalmente a momentos de su propia vida para establecer conexiones
emocionales que les permiten llorar, o reír, o sentirse devastados o
simplemente risueños. Eso mismo pasa con los escritores, acuden muchas veces a
eventos de su propia vida para escribir sobre acontecimientos reales o
ficticios y así obtener textos cargados de sentimientos.
En lo personal nunca
lo he hecho salvo algunas contadas excepciones. Sin embargo, sí es cierto que
he escrito embargado de ira, o de rabia, o de emoción, o de nostalgia o de
felicidad, y eso me ha llevado a producir un texto. Pero, todo tiene una
frontera, una línea roja: hablar de hechos íntimos.
No está prohibido
hacerlo, por lo menos legalmente, escribir o narrar hechos personales que
exhiben acontecimientos que solo le conciernen a quien los está contando. Sin
embargo, “como el morbo vende” muchos escritores -y no escritores- deciden
confesar acontecimientos que podrían provocar vergüenza en labios de un
individuo normal.
Respeto a esos
escritores o no escritores –profesionales o no-, aunque yo he decidido no
hacerlo para no aumentar el dolor, la congoja, la desdicha que el hecho en sí
mismo ya me está produciendo en el cuerpo o en el alma. Nunca he escrito
públicamente sobre mis problemas y desgracias más dramáticas. Muchos de esos
acontecimientos solo quedarán grabados y engavetados en mi memoria. ¿Para qué
recordar ese dolor por la pérdida de ese ser querido? ¿Para qué recordar esa
traición? ¿Para qué recordar esa derrota? No, prefiero pasar la página y
continuar. Aunque no voy a negar que esos hechos o eventos trágicos –o de
pronto felices- han sido el combustible de buena parte de mis textos, de mis
ensayos, de mis artículos, de mis cuentos, de mis novelas.
La tentación del
escritor es esa, o más bien esa es una de las muchas tentaciones que tienen los
escritores: contar sus intimidades. Para los que aman la escritura, la
narración de hechos personales es una delicia porque las palabras fluyen desde
el interior del alma; el escritor se deja llevar por su estado de ánimo y
empieza a producir un texto cargado del espíritu que posee al narrador en ese
momento, en el de la creación.
Pero no; yo no he
sucumbido a ese vicio –si se quiere-, lamentablemente dirán algunos, pero yo no
lo lamento, porque hay cosas que deben quedarse guardadas en el alma y que el
silencio simplemente aniquila o conserva de acuerdo al grado de utilidad que
tiene para la evolución del alma, o para su definitiva aniquilación. La
catarsis que se produce al contar públicamente un hecho doloroso parece ser muy
importante, incluso, muchos psicólogos y maestros espirituales lo aconsejan:
contar nuestras desventuras o nuestras felicidades a otros.
Yo pienso que si
cuento o narro muchos de los eventos de mi vida los estoy desacralizando, los
estoy profanando, o tal vez los estoy degradando por el simple hecho de
hacerlos públicos. El silencio los mantiene a salvo en esa bóveda infranqueable
de la memoria. Los mantiene a salvo de la opinión ajena que en la mayoría de
los casos es ignorante, inhumana, perversa o simple y llanamente torpe y
desvergonzada. Me gusta escribir para mí mismo y también me gusta publicar,
también me encanta exhibir lo que pienso, pero eso tiene un límite que yo mismo
me he impuesto: no hablar de mi intimidad o de lo que yo creo que es intimidad,
o vida personal.
“Cada loco con su
tema” dirán algunos, y sí, cada persona tiene su zona roja de restricción, cada
persona sabe qué contar de su vida, a quién contárselo y cómo contárselo.
Muchos escritores sobrepasan esas líneas rojas de seguridad y exhiben su
intimidad abiertamente pensando tal vez ingenuamente que los demás los
comprenderán. Craso error, eso nunca pasa. Los demás nos no entienden, nunca
nos entenderán porque cada quien juzga desde su propio punto de vida, desde su
propia óptica, desde su propio drama, desde su propia intimidad.
¿Con qué escribir?
Algunos escritores escriben
con máquina, otros con computador, otros con estilógrafo, otros a lápiz y otros
con pluma. Me parece increíble que a pesar de que ya existe una herramienta
como el computador – u ordenador como dirían los españoles-, todavía hay gente
que prefiere escribir a mano o en máquina.
Carlos Fuentes, el magnífico
escritor mexicano ya fallecido, no solo se caracterizaba por su disciplina y
rigor al momento de ejercer el oficio, sino que lo singularizaba el hecho de
hacerlo con estilográfico. Luego, el autor de La región más transparente, pasaba
sus notas en limpio en la máquina de escribir.
Gabriel García Márquez
(q.e.p.d) utilizó también la máquina hasta El
amor en los tiempos del cólera, que fue la primera novela que Gabo compuso
en su ordenador. El premio Nobel de literatura también se dejó tentar por el aluvión
de la tecnología, y sus últimas novelas fueran escritas utilizando el
computador.
Antes de que se inventara la
máquina o el ordenador, los escritores ejercían su oficio con la pluma, después
con la estilográfica. Hoy en día, sin embargo, todavía se recomienda utilizar
estos instrumentos para escribir, ya que la caligrafía también es un arte, como
muy bien saben los orientales, que utilizan el pincel para imprimir sus
alfabetos.
En lo personal, me gusta
escribir en el computador, incluso, me parece una tortura hacerlo en una
máquina ya que en el pasado tuve que hacerlo y fue fatal. El computador ofrece
una serie de posibilidades que no las da la máquina. Si tú la embarras en una
máquina, la embarraste en grande; tienes que volver a comenzar; con el
computador no sucede esto.
También he escrito con
estilográfico, y me parece mucho mejor, aunque al final le queda a uno doliendo
la mano; no sé cómo hacían los escritores de antes para eludir esta consecuencia.
Escribir a mano también permite cultivar el arte de la letra, de la caligrafía,
escribir de manera armoniosa y ordenada; eso se ha perdido con la utilización
del ordenador.
Otros escritores, que
también escribían a mano, como Ernest Hemingway, lo hacían de pie; yo prefiero
estar sentado. En fin, cada quien tiene sus mañas. Lo importante es gozar al
momento de crear, de escribir, ya sea con computador, con máquina, con
estilográfica, con pluma o con lápiz.
El ordenador facilita la
escritura, permite corregir, y tener en cuenta la ortografía; sin embargo, se
pierde con este –con el ordenador- el encanto de tener “bonita letra”. Pero,
por razones prácticas, creo que el computador es el mejor instrumento para
escribir actualmente.
Otro mecanismo o artilugio
ha surgido recientemente para escribir: se trata de la tablet o tableta. No sé
si algún escritor ya ha compuesto alguna novela utilizando esta herramienta, no
lo sé, sin embargo, muy pronto sabremos si algún “nativo digital” se despachó
la elaboración de un libro con un Ipad o con una tableta, y ni qué decir de los
dispositivos móviles. ¿Será que alguien ya escribió un libro en una tablet o en
móvil? Quién sabe, por ahora yo no tengo datos de esto.
La tecnología ya no solo
permite leer libros en dispositivos móviles o en tabletas, sino que también
permite escribirlos. Por ahora, yo estoy en el computador. Otros seguirán con
la estilográfica, y otros, con la máquina. ¿Qué otro artilugio se inventarán en
el futuro? Las posibilidades son ilimitadas.
La escritura no ha sucumbido
a las comunicaciones audiovisuales como muchos pensaban; la gente le gusta leer
letras, aunque también les encanta ver películas y escuchar audios. Sin
embargo, la escritura sigue vigente, y seguirá vigente, porque es una
herramienta mágica. Convertir signos en imágenes y en ideas es sorprendente,
alucinante, fantástico; y mientras siga la magia seguirán pululando por ahí
esos magos que escriben.
La tecnología audiovisual no
se ha impuesto del todo sobre la escritura; incluso, mucha gente prefiere leer
libros a ver las adaptaciones cinematográficas de esos mismos libros, o les
parece mejor la versión literaria porque es más profunda o más impactante.
Otra discusión interesante
es sobre dónde escribir, a qué horas, cuándo, solo o acompañado, o si se puede
escribir comiendo o consumiendo licor. Son otras posibilidades y otros tópicos
que darían para otro escrito.
¿Escribir mal o escribir bien?
Para mí es una necesidad,
me refiero a escribir. ¿Lo hago bien? ¿Lo hago mal? No lo sé, soy muy
autocrítico conmigo mismo y a veces no me gusta lo que plasmo en el papel en
blanco. Que tengo una prosa muy tosca me decía algún lector un día;
que hay mala ortografía en mis escritos, me endilgaba otra lectora furibunda;
que soy una vergüenza para los escritores, me espetaba esa misma lectora
furibunda. En fin, a lo largo de todos estos años de escritura pública he
recibido críticas buenas, malas y regulares por el trabajo que hago, nada
sorprendente, cuando uno hace algo público siempre le gusta a alguien, a
alguien no le gusta para nada y para otros (la gran mayoría) les es
indiferente.
Creo que quien se dedica a
escribir profesionalmente o con seriedad debería tener rigor a la hora de
utilizar el idioma, el lenguaje; de redactar con cuidado, de aplicar bien los
signos de puntuación, de conjugar bien los verbos, de poner mayúsculas donde
toca, de escribir mejor de lo que lo haría una persona común y corriente. Los
manuales de gramática y de ortografía son útiles, los diccionarios también, la
página web de la Real Academia Española de la Lengua debe ser de obligatoria
consulta para los que se dicen escritores. Así como los carpinteros refinan su
trabajo, o los dentistas, o los médicos, los escritores también están llamados
a perfeccionar su labor, y si su herramienta es el lenguaje, las palabras, pues
deben tener más cuidado con su tratamiento del que lo hacen las personas que no
se dedican a este oficio, ¿no es cierto? Es de sentido común.
Todo lo anterior es un
lugar común, sin embargo, creo que el perfeccionamiento de la escritura lleva a
una especie de neurosis, de paranoia, de esquizofrenia, de locura, ¿por qué?
Porque los escritores terminamos a veces poniéndole más cuidado al “qué dirán”
que al verdadero arte. Como nuestros escritos terminan la mayoría de las veces
en el ojo público, nuestra preocupación principal acaba siendo esa crítica de
los otros sobre nuestro trabajo, y por eso nos esforzamos en escribir según las
reglas del idioma, del lenguaje, y eso desemboca en un estrés de escritor, de
artista, de creador. El escritor suda frío cuando piensa en las rigurosas
miradas de los lectores, sobre todo en la forma como ha escrito y no en lo que
ha escrito. Eso termina agotando al artista; es cierto, es su deber escribir
bien, según las reglas correspondientes, sin embargo, la gente, las personas,
deberían darle un margen al escritor para escribir mal, para escribir sin
estilo, con mediocridad. ¿Estoy incurriendo en un anatema? ¿En una herejía?
¿Cómo puede un escritor escribir mal? ¡Eso es absurdo! Eso sería como pedirle
al arquitecto que construya mal, impensable. Pero sí, el escritor, como todo
artista es un ser libre, y debería ser tan libre, que incluso pudiera darse el
lujo de escribir con fallas ortográficas, de gramática, de redacción. ¿Para
qué? Para decirle a la gente que el lenguaje se hizo para la gente y no la
gente para el lenguaje, que esa mistificación del “escribir bien” se ha
convertido en un esnobismo, en un arribismo intelectual injustificado.
García Márquez –el premio
Nobel de literatura colombiano- acompañaba esta posición, no soy original; él
era un perfeccionista del idioma –tenemos que decirlo- no era un libertino de
la escritura, y sin embargo, pensaba que a veces se debía escribir con mala
ortografía. ¿Por qué? ¿Por puro capricho? No, por libertad, para desatarnos de
la dictadura idiomática, de la dictadura de las reglas de escritura que ha
impuesto alguien, y que por lo tanto nos atan con mordacidad, con enajenación.
García Márquez utilizaba groserías en sus escritos, empero, escribía a pesar de
esto muy bien, ¿quién podría criticar a Gabo por utilizar mal el idioma? Creo
que nadie, aunque por ahí he visto no una sino muchas objeciones a su trabajo
desde el punto de vista del estilo, ¡qué locos!
Sí señores, hay que
escribir bien, sobre todo tratándose de personas dedicadas a este oficio. Pero,
démonos una licencia de vez en cuando, como para sentirnos despojados de ese
yugo riguroso, liberados de esas reglas obligatorias que han impuesto los
manuales de escritura, y de redacción; utilicemos el idioma y no dejemos que él
nos utilice a nosotros; porque lo que más nos llama la atención de la escritura
a los escritores es que es como un juego. Las reglas estrictas terminan
sofocando el gozo, el juego; aunque como todo juego, también tiene reglas que
hay que cumplir para disfrutar de la actividad.
Escribir como terapia
Sí, suena feo, a mis colegas escritores posiblemente
no les guste que se hable de la escritura como una terapia; como si fuera un
curso de relajación, de meditación, de yoga, de fitness o de zumba. La
escritura para muchos es un arte, un oficio, una profesión, una religión, pero
no una terapia.
Hace algunos años, como ya lo he mencionado en otros
artículos, leí un ensayo del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury “Zen en el arte de escribir”, donde él
aconsejaba escribir para disminuir o apaciguar ciertos dolores del alma como
pérdidas de seres queridos, fracasos, etc. Incluso, el mismo Bradbury se
disculpaba por utilizar la palabra “terapia” en su ensayo.
Yo creo que la escritura le puede ayudar a muchas
personas a sobrellevar momentos dolorosos, a desahogarse, a hacer catarsis. Es
cierto, la escritura ha sido asumida por muchos artistas como un culto, como
algo que no es banal y esto incluye no tomarla como una terapia, ya que suena
como a consultorio médico.
Yo no soy tan estricto; creo que si bien muchos
escritores viven de este arte, y es realmente un oficio serio para asumirlo
como una profesión, la escritura también puede ser tomada como una actividad
lúdica que le permite a un ser común y corriente afrontar problemas cotidianos
de una manera más ligera.
Los escritores –algunos, no todos afortunadamente-
tratan de alejar al vulgo de esta actividad. Señalan al oficio como algo
difícil, complejo, aparatoso; como una actividad a la cual solo pueden llegar
algunos elegidos de los dioses. Obviamente, ellos defienden a su gremio, por
motivos profesionales, sociales, e incluso por razones económicas: el pastel no
es muy grande y no quieren repartirlo entre más gente.
Sin embargo, yo le hablo a las personas comunes
corrientes, no a quienes añoran convertirse en escritores profesionales, en los
futuros García Márquez o Vargas Llosa; no, yo le hablo al ama de casa, al
estudiante, al oficinista, al obrero de construcción, a la secretaria, al
policía, al niño, o a cualquier persona que tenga la necesidad de escribir.
No todo el mundo quiere escribir novelas, o poemas, o
cuentos, o ensayos, u obras de teatro, o tratados de filosofía extensos; no,
hay gente que solo quiere llevar un diario de su vida, o simplemente escribir
reflexiones livianas sobre problemas cotidianos. Otros solo desean escribir por
escribir, ya sea ficción, crónica, o algún género literario indefinido.
La escritura profesional requiere de una dialéctica
más elaborada. Si no, lean el libro “El
escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato. La escritura como oficio no es
solo sentarse y mascar chicle. Es una actividad de un alto contenido
espiritual, filosófico, anímico, y mental. Es toda una visión de la vida, de la
muerte, del tiempo, del espacio, del hombre, del Universo, de la existencia.
Eso sí es todo un complique.
Pero, no creo que la escritura exista solo para los
escritores profesionales, para los literatos, para los pensadores, para los
filósofos. La escritura es una actividad humana que debe ser accesible a todo
el mundo. Escribir es un placer, igual que la lectura; sin embargo, en los
colegios y universidades se toma como un deber, como una obligación, y
desafortunadamente la escritura ha seguido el mismo camino de su hermana la
lectura: se han convertido en suplicios para estudiantes.
La gente común y corriente debería escribir más; eso
sí, si tiene un anhelo extremo de hacerlo, no debería auto-obligarse. ¿Escribir
sobre qué? Sobre lo que se le dé la gana; sobre su vida, sobre sus
preocupaciones, sobre sus anhelos, sobre sus deseos, sobre lo que se le pase
por la cabeza. Así de simple. No es necesario que al primer intento salga con
una novela, con un cuento, o con un poema. Puede ser una simple narración de su
vida, o una cavilación sobre problemas del día a día.
El que quiera incursionar en la ficción también es
bien recibido. La ficción es imaginación en movimiento, es crear mundos
imaginarios, personajes que solo viven en la mente de su creador, escenarios
fantásticos. La ficción es atrayente, es una especie de escapismo. A los
escritores que se dedican a la ficción tampoco les gusta que se vea esta como
un simple escapismo; no, ellos quieren ver en la ficción una metáfora de la
vida cotidiana, una reflexión de la realidad desde una perspectiva imaginaria. Sabato
es muy estricto sobre este tema –o era muy estricto en vida-, para él, la
novela era un estudio del problema del hombre, del drama del hombre en el
Universo. Para Sabato, la ficción no era una simple jugarreta, o un escape
lúdico.
Sin descartar la posición de Sabato, creo que la ficción
para quien no desea ser un escritor profesional, puede llegar a ser un buen
escape de la cotidianidad. Estamos sujetos a los trancones (atascos de
tráfico), a las filas en los bancos y en las entidades públicas, a la constante
y cotidiana relación con el prójimo que a veces puede ser violenta o pacífica
(depende del prójimo), a las deudas, a los criminales, a los políticos, a los
mentirosos, a los estafadores, en fin, a la vida con todo lo ruda que es. La
ficción puede ser un paliativo; en lugar de estar pensando en el pago de los
recibos de la luz, del agua, del teléfono, se puede reflexionar por escrito en
planetas lejanos inexistentes, en extraterrestres, en magos, en brujos, en
hadas, en príncipes, en reyes y reinas, en ciudades de chocolate. ¿Por qué no?
¿Por qué restringir la ficción a la realidad degradada, o a la simple
descripción de lo cotidiano desde lo literario? Posiblemente un ama de casa
quiera inventarse un montón de cuentos sobre príncipes azules o dragones, ¿qué
de malo hay en eso? Nada; ¿es malo o perverso el escapismo? ¿Por qué? Todos los
días en nuestra propia mente nos ausentamos de la realidad para poder
sobrevivir, como cuando nos hundimos en un pozo o en una piscina y tenemos que
sacar la cabeza para respirar. Eso ocurre con la ficción, es como un respiro,
como un tomar aire en medio de una realidad que debilita, que adormece, que sojuzga,
que repele, que enferma.
Creo que los escritores profesionales también escriben
como una terapia. Woody Allen –el cineasta- comentaba que él lo hacía para no
volverse loco. Fernando Vallejo aseguraba que la escritura para él era un
pasatiempo, para soportar la rutina de la vida. Otros escritores simplemente
ejercen esta actividad como una necesidad física y psicológica. No pueden dejar
de escribir. Hace algunos días vi la entrevista que le hicieron a un autor
español; él decía que después de acabar una novela tenía que empezar otra o si
no se desesperaba, que para soportar el guayabo o la resaca de haber finalizado
un libro tenía que empezar con otro. En este caso, “un clavo saca otro clavo.”
En fin, escriban si tienen el deseo irrefrenable de
hacerlo, no se coarten, no se inhiban, no les dé pena, háganlo, con libertad.
No es necesario que escriban como Shakespeare o como García Márquez; escriban
como ustedes lo saben hacer, así de simple; pueden escribir para sí mismos o
para otros; si quieren publicar sus escritos en un blog háganlo, no les dé vergüenza,
procedan. Si quieren dejar sus escritos para una consulta privada también es
válido. Si quieren escribir y después destruir lo que escriban, es su decisión,
nadie les va a reclamar por eso, salvo su propia conciencia. Escriban, pero
también lean. Al leer, simultáneamente con la escritura, pueden descubrir
nuevas vías de escape, nuevos métodos, nuevas estructuras. Pueden encontrar sus
propias manías, sus propios vicios narrativos. Si no quieren leer y solo quieren escribir,
también, háganlo, procedan. Si no les gusta lo que escriben no se pongan a
llorar, no se auto-torturen, no se flagelen. La escritura, como toda actividad
humana, es susceptible de perfeccionarse, de aprenderse, de conocerse, de
ampliarse; con el paso del tiempo podrán descubrir para qué sirven los signos
de puntuación, las tildes, las mayúsculas, la ortografía en general, la
gramática; verán que la escritura es como una sinfonía, con acordes, con
sonidos graves y agudos, con silencios; la escritura tiene un ritmo, pero eso
lo irán descubriendo ustedes mismos. La escritura es un placer, que necesita
disciplina, que requiere de dialéctica, de reflexión. Pero no está reservada
para una élite, o para un grupito de personas determinado; no, la escritura es
una creación humana para el hombre en general, es universal, es global, es general,
es un recurso al alcance de todos, para utilizarse con conciencia, con sentido
común, con amor.
“Ágata en dos tiempos” mi octava novela
Francisco
Bermúdez Guerra
El 19 de abril de 2015 publiqué
mi octava novela, “Ágata en dos tiempos”. Es una historia de suspenso, de
misterio, de romance, de acción. Se desarrolla en Colombia; y tiene como
protagonista a una psicóloga de aproximadamente treinta años que decide volver
a su país para averiguar las verdaderas circunstancias en las que murió su
mejor amigo de infancia y adolescencia. En medio de estas averiguaciones se
topa con una secta a la que pertenecen personas de mucho poder y dinero. Ágata
Alerve, la psicóloga, tendrá que enfrentarse a esta secta. Sin embargo, ella no
estará sola en su batalla, la acompañarán un grupo de jóvenes excéntricos,
quienes tienen una particular visión sobre la vida; Ágata terminará
involucrándose emocionalmente con estos jóvenes, quienes le cambiarán la vida
para siempre.
No es una novela policíaca
totalmente, no es el objetivo; es una historia de amor que se desarrolla en
medio de una averiguación, de un plan maestro para desenmascarar a una poderosa
secta que quiere hacerse con el poder absoluto. Hay romance, hay misterio,
hay muchas sorpresas, hay acción, hay
polémica, hay magia, hay debate, hay humor. Yo la pasé muy bien escribiéndola,
y creo que los lectores también la pasarán muy bien leyéndola.
Puedo dar una pista, pero solo
una pista sobre el ánimo de esta novela, y es el número ocho. Es un número que
representa tradicionalmente al infinito, a la justicia, a los cambios
drásticos, a la magia, a los magos, a los alquimistas, al misterio, a la
muerte, a las crisis, al éxito, a la energía psíquica. El ocho representa muchas cosas, y todas esas cosas están
aludidas en la historia; si leen la novela se darán cuenta de por qué lo digo.
Empezando por el mismo nombre de la protagonista: Ágata.
No es una novela para niños, es
demasiado compleja en cuanto retrata y describe situaciones muy difíciles por
las cuales tiene que pasar la protagonista. Creo que los que la lean tendrán
una sensación extraña de animadversión o de amor hacia ciertos personajes; y
creo que tomarán partido sobre ciertas posturas que esbozan algunos de ellos.
No es una novela típica de
detectives, tampoco es un thriller policíaco, y tampoco es una cuento de hadas;
sin embargo, tiene varios ingredientes de todos estos géneros, incluido el del
humor. No está bien que los escritores hablemos mucho sobre nuestra obra,
porque ella se expresa por sí misma, empero, sí podemos a manera de abrebocas
comentar sobre ciertos tópicos que le pueden interesar a los potenciales
lectores de la historia.
Fue muy placentero escribir “Ágata
en dos tiempos”, la cual tuve que redactarla en dos tiempos diferentes –curiosamente,
como el título-, redacté la primera parte durante una temporada, pasaron unos
meses, y decidí escribir la segunda parte. Esta novela estuvo a punto de no
nacer, de no aparecer, pero la historia es tan fuerte y tan magnética que
desbordó el mismo ánimo del escritor para dejarla únicamente en su imaginación.
¿Qué tendrá esta historia? ¿Qué mensaje nos quiere dar? ¿O no habrá ningún
mensaje? Yo mismo la escribí, pero la historia terminó trascendiendo mi misma
voluntad, es extraño ¿no?
Cuando uno escribe algo siempre
piensa en la influencia de algunos escritores, de cómo nos legaron un ánimo
para confeccionar una narración propia. Yo creo que todos los escritores de
misterio y de suspenso fueron mi inspiración, empezando por Edgar Allan Poe;
creo que también J.D Salinger, que aunque no fue un escritor de historias de
misterio ejerció y ha ejercido mucha influencia sobre mis escritos. Las
películas de misterio y de suspenso, por supuesto, también me inspiraron, y los
nuevos y exitosos thrillers contemporáneos que exponen los peligros a los que
se está enfrentando la raza humana. También hay mención –tácita- a mis otras
siete novelas; para quienes ya las han leído se darán cuenta de esto.
Diviértanse con la novela; yo
me divertí al escribirla. Se sorprenderán gratamente, se los aseguro. ¿Qué sensación
les dejará? No sé, espero que una sensación extraña; ese fue el objetivo, generar
un interrogante, una alusión explícita e implícita.
La novela se puede conseguir
gratuitamente en internet, si les gustó, o si no les gustó, los invito que como
forma de retribuir al escritor nos colaboren en las redes sociales, con un “me
gusta”, o si no les gustó la novela, también nos ayuden con un comentario, no
importa si es benévolo o no. “Yo doy tú das” decían los romanos; como la novela
se puede conseguir gratuitamente, por lo menos ayúdanos de esa forma, así sea
virtualmente, ¿no crees? Ahora bien, si no nos quieres ayudar de ninguna forma
también está bien; asumimos las consecuencias de nuestros actos. En todo caso
muy buena suerte y fortuna.
#Ágataendostiempos
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"Afrodita celeste en los templos de cobre": mi nueva novela
Es una novela sobre
el amor, sobre el romance. Ariadna y Antonio son dos jóvenes estudiantes de
diplomacia; ellos descubren entonces que se han enamorado mutuamente. En medio
de esa relación surgen varios obstáculos: la enemistad con un profesor, las competencias
dentro de diferentes sociedades de debate, y lo peor: una conspiración
política. El amor de estos dos jóvenes se ve afectado por todas estas
circunstancias. ¿Prevalecerá el amor? ¿La competencia académica? ¿Los celos?
¿Las intrigas políticas? Es una novela corta, sencilla, que nos devuelve a la
esencia de los más profundos sentimientos.
Adiós a un Maestro: Gabriel García Márquez
El
primer libro que leí por cuenta propia fue Cien
años de soledad. Con una prosa impecable, una fantasía exuberante, y un
método narrativo genial, la novela más conocida del Nobel colombiano me
deslumbró y desanimó cuando la abordé. ¿Por qué me desanimó? Porque creía que
yo jamás escribiría así, y pues jamás he escrito así, y jamás lo haré, sin
embargo, con el paso del tiempo la narrativa de García Márquez me impuso un
camino a emular, por lo menos.
¿Qué
es el realismo mágico? Un mundo imaginario que se parece a la realidad. Así de
sencillo, y no al revés. Ese fue el mundo en el que vivió Gabo, en el que
vivimos todos los fantasiosos, todos los escritores de ficción. La meta-realidad
dirían algunos, la creación de universos paralelos a través de la palabra y del
lenguaje.
Hoy
en día, hay una nueva generación de escritores que tratan de emular a García Márquez,
de seguir sus pasos, más no de imitarlo. Y es que imitar a Gabo es muy difícil,
imposible, él era único, admirable narrador de prosa encantada. Todos los
escritores de ficción practican el realismo mágico, creamos mundos ficticios
parecidos a la realidad cotidiana, a la que detectan nuestros cinco sentidos.
Los escritores colombianos, y los escritores en general, nunca alcanzaremos a
García Márquez porque el proceso creativo es único, irrepetible, inimitable,
solitario, y original; cada escritor tiene una vida, y esa vida es imposible de
calcar.
Otras
novelas de Gabo que también leí, fueron: El
amor en los tiempos del cólera, El
general en su laberinto, Crónica de una muerte anunciada, Memoria de mis putas tristes, y la
autobiografía Vivir para contarla.
Tengo pendiente leer El otoño del
patriarca, la novela –que según decía su autor- era la más estudiada y
examinada de toda su obra. Siempre he admirado la prosa de Gabo, aunque debo
confesarlo no era mi escritor “mentor”, podríamos llamarlo así, porque García
Márquez no era un escritor para escritores, era un escritor para todo el
público, y por eso es que su estilo era tan pulcro y tan poético.
Que
a García Márquez le gustaba el poder, que le atraía el poder, ¿y a quién no?
Todo ser humano quiere mandar, ordenar, generar influencia; todos los hombres
tenemos esa tentación, lo que pasa es que Gabo se dejó llevar por sus
instintos, por sus inclinaciones, y por eso tuvo como amigos a presidentes, a
políticos, a ideólogos, a periodistas, a empresarios, a gente con mucha
influencia, le gustaba juntarse con los poderosos; como a mí me gusta el
chocolate.
Al
ser entrevistado Vargas Llosa –otro premio Nobel, y examigo de Gabo- a raíz de
la muerte del escritor colombiano, sentenció: “Sus
novelas le sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier”. Ese es el premio del artista, del
creador: la inmortalidad. García Márquez –como bien lo dijo Vargas Llosa-
seguirá vivo en sus libros, en sus cuentos, en sus crónicas, en sus ensayos, en
sus discursos, en las entrevistas que concedió; y así pensaremos que no se ha
ido, sino que pasó a una dimensión donde ya no hay hambre, ni frío, sino solo amor.
Maestro
García Márquez, nunca lo conocí personalmente, pero al leer sus novelas y su
obra es como si lo hubiera hecho. Todos tenemos la impresión de que se nos
murió un amigo, alguien cercano, alguien que nos divirtió y que nos puso a
pensar, alguien que desató una pasión, alguien que nos retó.
"Arikayasis": mi novela sobre guerreros
Escribir ficción es
agradable, es placentero, sin embargo, requiere de una alta dosis de
inclinación –y propensión- hacia la fantasía. Para ser un buen escritor hay que
ser un “fantaseador”, y en eso soy un profesional.
“Arikayasis” es la
historia de una espada, y más que una novela es un cuento largo con cara de
novela, diría yo. Un joven decide instruirse con un viejo maestro de la guerra,
para hacerlo, debe pasar por varias pruebas; la más terrible de las pruebas es
derrotar a un malvado rey que tiene en su poder a Arikayasis.
Algunos dirán que las
historias de espadas siempre nos conducen al antiguo mito de Excalibur, la espada
del rey Arturo. Yo diría que Excalibur hace parte del simbolismo de la espada
como instrumento de guerra, pero también como instrumento de paz. La espada es
concebida es muchos círculos iniciáticos como representación de la mente, que
puede cometer barbaridades, pero que también puede producir obras maestras.
Arikayasis es una metáfora de ese simbolismo, de la construcción y de la
destrucción, de la paz y de la guerra, de la armonía y del desorden.
Laetón es el joven
aprendiz que quiere convertirse en guerrero, e ingresar en una misteriosa orden
de guerreros, de sabios, de místicos, y hasta de magos. Sin lugar a dudas, “Arikayasis”
es una historia universal, es un cuento de hadas, pero también es una parábola
iniciática, filosófica, que está en el inconsciente colectivo.
En “Arikayasis”
también aparece mi afición por las artes marciales, por los cuentos de magos, y
por las historias de caballería, todo sintetizado en un cuento largo que puede
ser leído por jóvenes y por adultos, e incluso hasta por niños.
¿Qué significa
Arikayasis? No significa nada, pero lo significa todo. Es el juego del lenguaje
de los idiomas, ¿por qué bautizar una espada? ¿Un objeto? Sólo los seres
animados merecen tener nombre propio. Porque es un símbolo del lenguaje, de la
construcción del lenguaje, de lo que podemos hacer con las palabras, ya que con
ellas podemos construir o destruir, depende de nuestra imaginación y de nuestra
mente.
Los reyes, y las
princesas, y los brujos, y los magos, y los guerreros, y los maestros místicos,
y los sabios, todo esto está en “Arikayasis”. Comparto con ustedes mi gusto por
las leyendas artúricas, por el mago Merlín, pero también por los maestros
orientales, por los sabios Zen, por Harry Potter, y por “El señor de los anillos”,
y por Narnia. Para todos los que adoramos las leyendas épicas, las clásicas,
las antiguas, y las modernas, incluso por “Star Wars”. Bienvenidos a “Arikayasis”,
utilicen su imaginación para soñar, para fantasear con la historia, con el
cuento, volvamos a ser niños e imaginemos cosas imposibles que nos hagan gozar.
La guerra es un
defecto de la humanidad, no puede ser una necesidad ni un medio de subsistencia
ni de convivencia, nos hemos acostumbrado al conflicto. La espada representa la
paz, la armonía de la mente, de cómo destruimos nuestros defectos interiores
para mantener una mejor relación con quienes nos rodean. La verdadera guerra no
es con nuestros semejantes, es con nosotros mismos para ser mejores, para crear
una sociedad pacífica, porque sólo habrá paz exterior cuando los hombres
encuentren su armonía interior, y para eso debe librarse un combate interior,
con nuestros defectos, con nuestros malos hábitos, con nuestra arrogancia, con
nuestro egoísmo, con nuestra falta de disciplina, con nuestra falta de
humanidad.
“Arikayasis” es una
novela corta o un cuento largo, ustedes deciden qué es. Los lectores son los
que catalogan la historia. En mis anteriores novelas he tratado el misterio,
las sociedades secretas, el amor, el romance, el derecho, la ciencia ficción, y
hasta el erotismo; con Arikayasis llego a los cuentos de hadas, a las historias
de maestros y de guerreros, espero les guste leerla, como me gustó a mí
escribirla.
Francisco Bermúdez
Guerra, 2013.
Página web: http://fbermudezg.wix.com/arikayasis
J.D Salinger: uno de mis escritores favoritos
El premio Nobel de
literatura Gabriel García Márquez cuenta una anécdota en su libro “Vivir para contarla”. Dice Gabo, que un
día se encontró en la habitación donde vivía -con un compañero en Bogotá-, una
copia del libro “La metamorfosis” de
Franz Kafka. Gabo decidió leer el libro desprevenidamente. Se tiró en la cama,
y leyó las primeras líneas. Su reacción –dice él- fue alucinante. “¿Esto se
puede hacer?” se preguntó el futuro Nobel. Él se refería al relato que hace
Kafka con respecto a un hombre que se convierte en insecto. La reacción de Gabo
fue tan intensa, que después de abordar la historia se lanzó a la redacción de
un cuento.
Lo que le ocurrió a
García Márquez, me pasó a mí, pero con un escritor diferente a Kafka. Se trató
de J.D Salinger. Este prosista norteamericano murió en enero 2010 después de
publicar novelas como “El guardián entre
el centeno”, “Franny y Zoey”, y “Levantad, carpinteros, la viga del tejador;
y Seymour: una introducción”. Salinger publicó varios cuentos en revistas
como “The New Yorker” –donde alcanzó
gran notoriedad-, sin embargo, la fama le llegó de manera apoteósica cuando se
lanzó “El guardián entre el centeno”.
Salinger decidió
recluirse en una finca rural en el estado de New Hampshire. Desde los años 60’s
prefirió alejarse de la prensa, de los medios de comunicación, y del público en
general. Se volvió un ermitaño. Desde aquellas épocas decidió no publicar más.
Sin embargo –según algunas entrevistas excepcionales que concedió- todos los
días, hasta su muerte, escribió. Él estaba fuertemente influenciado por las
religiones orientales, en especial, por el budismo zen y el yoga. Sus allegados
decían que Salinger pensaba que podía lograr la iluminación a través de la
escritura.
Sobre este escritor
se generó todo un culto. “El guardián
entre el centeno” se convirtió en la guía de una multitud de jóvenes, y en
la década de los 60’s la venta de los libros fue enorme. Sin embargo, la
celebridad de la novela adquirió unos visos extraños cuando el asesino de John
Lennon confesó que era admirador de la historia, y que incluso llevaba un
ejemplar de la misma cuando disparó contra el ex Beatle. Para rematar, a otro
loco que atentó contra el presidente Reagan, se le encontró en su casa una
copia de “El guardián entre el centeno”.
Hace algunos años,
leí un artículo de Ricardo Silva Romero en la revista “Gatopardo”. Silva Romero se refería a Salinger; incluso, todavía
tengo guardado un ejemplar de ese número de “Gatopardo”. Me picó la curiosidad y decidí buscar las novelas de
este escritor en las librerías locales. Efectivamente, terminé leyendo “El guardián…”; y mi reacción, fue muy
parecida a la que tuvo Gabo con Kafka. “¿Esto se puede hacer?” me pregunté. La
literatura de Salinger es apabullantemente sencilla, escalofriantemente
sencilla. Narra aspectos cotidianos con una simplicidad agobiante. Y digo
agobiante, porque para un escritor la estética generalmente está asociada al
adorno idiomático -o por lo menos eso hacen los grandes escritores clásicos-,
sin embargo Salinger no muestra esa floritura estilística en sus escritos.
Después de investigar
un poco más; descubrí que este narrador norteamericano estaba muy influenciado
por otro escritor llamado Antón Chéjov,
un prosista ruso. Los cuentos de Chéjov manejan el mismo estilo de Salinger;
narran la cotidianidad, y también son muy simples. Investigando, aún más,
también descubrí que Salinger aconsejaba a los escritores noveles no caer en la
trampa de lo “complicado”. ¿Cómo así? Pues él decía que para escribir se debían
resolver los problemas narrativos acudiendo a la simplicidad. En la biografía
que hizo de él su hija Margaret, denominada “El guardián de los sueños”, ella describe ese aspecto de la vida
artística de J.D Salinger.
De esta forma, el
arte literario se torna más dinámico. Indudablemente el “estilo Salinger” me
encanta, y eso fue lo que descubrí al leer “El
guardián entre el centeno” y “Nueve
cuentos” –una compilación de narraciones elaborada por el mismo escritor-.
Mario Vargas Llosa, a contrario sensu, decía que el arte de escribir era algo
difícil. Que él sufría mucho al escribir. Yo, en lo particular, no comparto esa
forma de ver el oficio literario. Soy más salingeriano en ese aspecto, que
vargasllosista.
Para las personas que
empiezan a escribir, y que quieren hace ficción, es muy aconsejable que lean a
Salinger. Es un punto de vista, sin embargo, tal vez a algunos no les llame la
atención su estilo y a otros sí. Pero, en mi caso, me sirvió mucho para decidir
cuál era el rumbo narrativo que deseaba seguir.
http://fbermudezg.wix.com/novelas
Foto: Wikipedia.
“Robots en índigo”: mi novela de ciencia ficción
Por
Francisco Bermúdez Guerra[1]
Mi generación, aquella que nació entre finales de los años 60s y mediados de los años 70s, recuerda con emoción las escenas iniciales de una célebre película: Star Wars. Los primeros personajes, aquellos que aparecen en las escenas del comienzo, son robots. Se trata de C-3PO y de R2D2. La ciencia ficción es un género, que como su nombre lo indica, mezcla realidad y fantasía. Los viajes espaciales son una realidad, pero viajar a galaxias lejanas todavía es una fantasía. Los robots son una realidad, pero los humanoides todavía son fantasía. El género de la ciencia ficción en el campo de la literatura ha contado con nombres célebres, entre ellos se destacan Julio Verne, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Philip Kindred Dick, y Frank Herbert, por mencionar algunos. En el cine, George Lucas, Steven Spielberg, James Cameron, y Robert Zemeckis nos han presentado las más grandes obras del séptimo arte en ese campo. La ciencia ficción hace parte de un deseo humano, el deseo por el progreso de la ciencia, de la tecnología, de la informática. Describir mundos ficticios gobernados por aparatos inexistentes, por tecnología que todavía no se ha desarrollado, hace parte del ideario fantástico de la mente humana. Soñar con robots que se parecen a los hombres, con naves espaciales que viajan a velocidades impresionantes, con armas que no existen, es una necesidad. La necesidad de creer en mundos inexistentes, ficticios, es inherente al hombre. Sin embargo, la ciencia ficción también le plantea un reto al hombre: hacer realidad los sueños. A principios de los años 60’s el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, propuso un reto: llevar el hombre a la Luna. El reto sonó como de ciencia ficción, ocho años después el sueño de este líder se hizo realidad. Muchos sueños que se plasman en los cuentos, en las novelas, en las películas, podrían llegar a ser realidad. “De la Tierra a la Luna” de Verne, narraba el proyecto de viajar a este satélite artificial, y un siglo después ese proyecto saltó de la realidad a la fantasía. La ciencia ficción muestra extremos, muestra límites, que podrían ser absurdos en ciertos casos, como la historia de los simios que se adueñan del planeta Tierra. Esos límites generan una serie de interrogantes sobre hechos que eventualmente podrían suceder. Una catástrofe ecológica, una crisis climática, un terremoto global, una guerra espacial, el descubrimiento de vida en otros planetas, etc. Los límites y los extremos desatan el estudio de posibles escenarios para los cuales la humanidad y el hombre no se han preparado. Esos escenarios, que podrían ser absurdos en ciertos casos, se convertirían en realidades si el mismo ser humano no hace nada para detener las causas que los podrían producir. La ciencia ficción plantea esos escenarios de manera fantasiosa y hasta lúdica, pero, no podríamos descartar del todo el aporte a la realidad que hace la fantasía. La ciencia ficción es vista con desidia por algunos, les parece una pérdida de tiempo, una forma más de perder el tiempo, una elucubración sin pies ni cabeza. El género ha sido abordado por verdaderos científicos, ese es el caso de Isaac Asimov, y de Carl Sagan quien se atrevió a escribir una novela sobre el posible contacto de los seres humanos con supuestos extraterrestres. En mi novela “Robots en índigo” se plantea una hipótesis compleja: el desarrollo robótico in extremis. Los robots superan al ser humano en inteligencia, en capacidad de mando, en evolución biológica. Los robots toman el poder en el planeta Tierra. La libertad ha sido amenazada por la creación de máquinas no humanas. Este tema ya ha sido abordado en otras ocasiones, sin embargo, aquí se hace desde un punto de vista literario, con cierto tufillo de thriller, y hasta con humor. El argumento da para varios debates. Los límites de la ciencia, la ética tecnológica, el poder político en manos no humanas, la colonización del espacio, el futuro de la humanidad como raza. “Robots en índigo” entra en un espacio ya recorrido, en unas hipótesis que ya se han estudiado, por lo tanto sólo queda disfrutar de la lectura de la historia. Yo disfruté mucho al escribirla, y eso implica, que por lo menos una persona ya gozó con “Robots en índigo”, que no es un documento científico; es un simple cuento novelado, o una novela fantástica, o una historia de ciencia ficción. En mis anteriores novelas traté otros temas: el misterio, el amor, el derecho, y ahora le correspondió el turno a la ciencia ficción. Es un homenaje a los autores de ese género literario, en especial a Ray Bradbury fallecido en este mismo año, y quien escribió un ensayo genial que me ha servido como inspiración a la hora de crear historias: “Zen en el arte de escribir”. El futuro tendrá novelas, desde el luego, el mecanismo de su lectura será el libro, el e-book, el documento electrónico, sin embargo, puedo decir con certeza que el hombre seguirá soñando, seguirá creando cuentos fantásticos, seguirá elucubrando narraciones increíbles. De eso sí estoy seguro.
[1]
Escritor colombiano. Autor de las novelas “La dignidad de los soldados del
tiempo dorado”, “Venus sonríe como tú”, y “El unicornio del bosque de las
mariposas”. Página web: http://fbermudezg.wix.com/novelas
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Homenaje a Ray Bradbury: "Zen en el arte de escribir"
Ayer, miércoles 6 de junio de 2012 falleció el famoso escritor de ciencia ficción Ray Bradbury, a los noventa y un años de edad. Bradbury es famoso por ser el autor de la novela "Fahrenheit 451", y de "Crónicas marcianas".
Bradbury se dedicó a escribir desde muy joven y nunca tuvo una formación universitaria, de hecho, siempre se sintió orgulloso por haber sido un autodidacta.
Desafortunadamente sólo he leído uno de sus libros "Zen en el arte de escribir", una colección de ensayos en los cuales Bradbury habla sobre la escritura, el proceso creativo, la pasión por la literatura, y una breve descripción de su historia como escritor.
Bradbury era aficionado a la ciencia ficción, y muchas de sus narraciones han sido llevadas al cine. En uno de estos ensayos, Bradbury aconseja escribir a todos aquellos que han pasado por desgracias o por sucesos calamitosos. De hecho, cuando leí este libro semanas antes había fallecido mi mamá, y por lo tanto, me sentí identificado con los consejos de Bradbury.
Los escritores a veces nos sentimos como locos en un mar de personas dedicadas a ejercer actividades serias. Bradbury se dedicaba a escribir cuentos de fantasía, era una persona aficionada a esto, era un cómplice de la escritura y la creación. Bradbury nos hizo sentir "normales" a todos los que nos gusta llevar a cabo la creación literaria, y a fantasear con mundos imaginarios.
Homenaje a Ernesto Sábato
El pasado 30 de abril de 2011 murió este escritor argentino, recordado por novelas como ""El túnel", "Sobre héroes y tumbas", entre otras. Sábato fue un escritor "pesimista", su visión de la vida era muy negra, pero, curiosamente sus escritos están llenos de humor y esperanza, sobre todo en lo relacionado con el arte.
A sus 99 años Sábato dejó varios escritos, aunque su formación universitaria estuvo enfocada en la Física y en la Ciencia. Personalmente "El túnel" es una novela que me encantó cuando la leí, y aquí en este blog hicimos una reseña de la misma, la cual volvemos a citar como homenaje póstumo a este escritor.
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