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“La melancolía de los feos” de Mario Mendoza



El escritor colombiano nos vuelve a sorprender y a maravillar con esta hermosa historia sobre la belleza y la fealdad, la juventud y la madurez, el dolor y el placer, la locura y la lucidez.

En esta novela de doscientas cuarenta y un páginas Mendoza nos transporta a un relato que sucede en Bogotá, en el cual un niño deforme, jorobado y monstruoso se hace amigo de un joven adoptado que no conoce a sus padres biológicos. La amistad entre los dos niños trasciende el tiempo hasta sus años de hombres adultos.

El sistema que escoge el escritor para narrar la historia es el epistolar, a través de sucesivas cartas que recibe el niño adoptado –León Soler- en sus épocas de médico psiquiatra de hospital público, por parte de su antiguo compañero de infancia.

Una reflexión sobre los destinos de los seres humanos, sobre la desgracia, sobre el viaje interior –simbolizado por la travesía oceánica-, sobre el éxito y la derrota, y sobre todo: sobre el amor que debe invadir nuestras vidas para hacerlas excitantes y satisfactorias.

Mendoza es uno de los escritores colombianos que más libros vende hoy por hoy, solo superado por el fallecido premio Nobel Gabriel García Márquez. Es por esto que muchos ya han empezado a atribuirle el moquete de autor de marketing y de entretenimiento, lo cual es totalmente injusto e irreal. Mendoza escribe para el público común y corriente, es cierto, cualquier persona que sepa leer y escribir lo puede entender, y ese es el gran acierto de este artista. Obviamente, que si solo vendiera uno o dos libros ya no le dirían escritor de marketing sino “autor de culto”, el problema para sus críticos es que venda libros, ¡increíble!

Las novelas de Mendoza son urbanas, son universales, son sentimentales y sobre todo, están escritas con pasión, con sentimiento, con emocionalidad, eso se nota. Mendoza casi que utiliza las historias ficticias para desarrollar varios monólogos, para hacer reflexiones personales utilizando como excusa la historia que se está desarrollando, porque él es todos sus personajes, todos ellos hablan por Mendoza, o el escritor se comunica a través de ellos en un desdoblamiento de la personalidad que le permite zambullirse en el alma de un desconocido, pero que es él mismo; el mismo escritor con diferentes rostros. Muy egocéntrico por cierto.

El virtuosismo de Mendoza está dado por su tendencia a hablar de frente, sin ambages, sin eufemismos, sin falsas diplomacias. Habla sin tapujos porque para el escritor “escribir es resistir”, es una forma de protestar, de sacar la cabeza por entre la multitud y decir: ¡No estoy de acuerdo!

Para Mendoza el arte no solo es entretenimiento sino también es ideología, es acción, es vida, es compromiso. Elogiado y amado por la juventud, Mendoza se ha ubicado en los últimos años como el escritor de referencia para identificar a la nueva generación de escritores colombianos tan notables como él, y entre los que se destacan Ricardo Silva Romero, Antonio García, Enrique Serrano, Juan Esteban Constaín, Carolina Andújar, Juan Gabriel Vásquez, Laura Restrepo, Piedad Bonnet, Santiago Gamboa, Efraím Medina, Tomás González, Antonio Ungar, Pablo Montoya, Carolina Sanín, entre muchos otros autores de la nueva generación post- boom latinoamericano.

“La melancolía de los feos” es, igualmente, una reflexión sobre la belleza y la fealdad, pero no desde el punto de vista estético sino desde la perspectiva del destino, del papel del hombre dentro de esta obra de teatro denominada vida. ¿Le toca más fácil a los bellos que a los feos? Probablemente sí, pero a los feos, por su misma falta de belleza les toca avisparse para afrontar los retos de la existencia; esa exigencia los hace parecer más alerta, más conscientes, más inteligentes, más perspicaces, más fuertes. La debilidad no está en la fuerza física sino en la mental, y la vida le ofrece esa posibilidad a los feos de volverse más fuertes en los terrenos de la conciencia, de la mente, del espíritu. Ser tan feo no es tan malo después de todo, concluiría Mendoza.

Una novela muy recomendada, se lee con pasión, con entusiasmo, es una magnífica oportunidad para dialogar con este pensador, con este ser humano tan carismático, y tan magnífico como lo es Mario Mendoza. Una reflexión sobre el viaje interior de cada uno, sobre el “golpe de Estado” a nuestro propio statu quo interno. Gracias Mario por este libro tan bello.

Intimidad


Contarle a la gente nuestras alegrías y nuestras tristezas, hacerlas públicas; describir nuestra infelicidad causada por algún evento que mi mamá llamaba “malos momentos”. Hay gente que hace eso, que les revela a los demás sus nostalgias, sus debilidades, su precariedad emocional, como si esto fuera una catarsis, como un diario, ¿y por qué no lo dejan para ellos mismos en vez de estarlo divulgando a los cuatro vientos? No lo sé.

Como escritor –aunque la etiqueta me quede grande- utilizo, a veces, esos hechos dolorosos para trasladarlos al papel, ya sea para producir textos de ficción o no. Como el método de Stanislavski que utilizan los actores para producir escenas tristes, dolorosas o risueñas: acuden mentalmente a momentos de su propia vida para establecer conexiones emocionales que les permiten llorar, o reír, o sentirse devastados o simplemente risueños. Eso mismo pasa con los escritores, acuden muchas veces a eventos de su propia vida para escribir sobre acontecimientos reales o ficticios y así obtener textos cargados de sentimientos.

En lo personal nunca lo he hecho salvo algunas contadas excepciones. Sin embargo, sí es cierto que he escrito embargado de ira, o de rabia, o de emoción, o de nostalgia o de felicidad, y eso me ha llevado a producir un texto. Pero, todo tiene una frontera, una línea roja: hablar de hechos íntimos.

No está prohibido hacerlo, por lo menos legalmente, escribir o narrar hechos personales que exhiben acontecimientos que solo le conciernen a quien los está contando. Sin embargo, “como el morbo vende” muchos escritores -y no escritores- deciden confesar acontecimientos que podrían provocar vergüenza en labios de un individuo normal.  

Respeto a esos escritores o no escritores –profesionales o no-, aunque yo he decidido no hacerlo para no aumentar el dolor, la congoja, la desdicha que el hecho en sí mismo ya me está produciendo en el cuerpo o en el alma. Nunca he escrito públicamente sobre mis problemas y desgracias más dramáticas. Muchos de esos acontecimientos solo quedarán grabados y engavetados en mi memoria. ¿Para qué recordar ese dolor por la pérdida de ese ser querido? ¿Para qué recordar esa traición? ¿Para qué recordar esa derrota? No, prefiero pasar la página y continuar. Aunque no voy a negar que esos hechos o eventos trágicos –o de pronto felices- han sido el combustible de buena parte de mis textos, de mis ensayos, de mis artículos, de mis cuentos, de mis novelas.

La tentación del escritor es esa, o más bien esa es una de las muchas tentaciones que tienen los escritores: contar sus intimidades. Para los que aman la escritura, la narración de hechos personales es una delicia porque las palabras fluyen desde el interior del alma; el escritor se deja llevar por su estado de ánimo y empieza a producir un texto cargado del espíritu que posee al narrador en ese momento, en el de la creación.

Pero no; yo no he sucumbido a ese vicio –si se quiere-, lamentablemente dirán algunos, pero yo no lo lamento, porque hay cosas que deben quedarse guardadas en el alma y que el silencio simplemente aniquila o conserva de acuerdo al grado de utilidad que tiene para la evolución del alma, o para su definitiva aniquilación. La catarsis que se produce al contar públicamente un hecho doloroso parece ser muy importante, incluso, muchos psicólogos y maestros espirituales lo aconsejan: contar nuestras desventuras o nuestras felicidades a otros.

Yo pienso que si cuento o narro muchos de los eventos de mi vida los estoy desacralizando, los estoy profanando, o tal vez los estoy degradando por el simple hecho de hacerlos públicos. El silencio los mantiene a salvo en esa bóveda infranqueable de la memoria. Los mantiene a salvo de la opinión ajena que en la mayoría de los casos es ignorante, inhumana, perversa o simple y llanamente torpe y desvergonzada. Me gusta escribir para mí mismo y también me gusta publicar, también me encanta exhibir lo que pienso, pero eso tiene un límite que yo mismo me he impuesto: no hablar de mi intimidad o de lo que yo creo que es intimidad, o vida personal.

“Cada loco con su tema” dirán algunos, y sí, cada persona tiene su zona roja de restricción, cada persona sabe qué contar de su vida, a quién contárselo y cómo contárselo. Muchos escritores sobrepasan esas líneas rojas de seguridad y exhiben su intimidad abiertamente pensando tal vez ingenuamente que los demás los comprenderán. Craso error, eso nunca pasa. Los demás nos no entienden, nunca nos entenderán porque cada quien juzga desde su propio punto de vida, desde su propia óptica, desde su propio drama, desde su propia intimidad.

¿Con qué escribir?



Algunos escritores escriben con máquina, otros con computador, otros con estilógrafo, otros a lápiz y otros con pluma. Me parece increíble que a pesar de que ya existe una herramienta como el computador – u ordenador como dirían los españoles-, todavía hay gente que prefiere escribir a mano o en máquina.

Carlos Fuentes, el magnífico escritor mexicano ya fallecido, no solo se caracterizaba por su disciplina y rigor al momento de ejercer el oficio, sino que lo singularizaba el hecho de hacerlo con estilográfico. Luego, el autor de La región más transparente, pasaba sus notas en limpio en la máquina de escribir.

Gabriel García Márquez (q.e.p.d) utilizó también la máquina hasta El amor en los tiempos del cólera, que fue la primera novela que Gabo compuso en su ordenador. El premio Nobel de literatura también se dejó tentar por el aluvión de la tecnología, y sus últimas novelas fueran escritas utilizando el computador.

Antes de que se inventara la máquina o el ordenador, los escritores ejercían su oficio con la pluma, después con la estilográfica. Hoy en día, sin embargo, todavía se recomienda utilizar estos instrumentos para escribir, ya que la caligrafía también es un arte, como muy bien saben los orientales, que utilizan el pincel para imprimir sus alfabetos.

En lo personal, me gusta escribir en el computador, incluso, me parece una tortura hacerlo en una máquina ya que en el pasado tuve que hacerlo y fue fatal. El computador ofrece una serie de posibilidades que no las da la máquina. Si tú la embarras en una máquina, la embarraste en grande; tienes que volver a comenzar; con el computador no sucede esto.

También he escrito con estilográfico, y me parece mucho mejor, aunque al final le queda a uno doliendo la mano; no sé cómo hacían los escritores de antes para eludir esta consecuencia. Escribir a mano también permite cultivar el arte de la letra, de la caligrafía, escribir de manera armoniosa y ordenada; eso se ha perdido con la utilización del ordenador.

Otros escritores, que también escribían a mano, como Ernest Hemingway, lo hacían de pie; yo prefiero estar sentado. En fin, cada quien tiene sus mañas. Lo importante es gozar al momento de crear, de escribir, ya sea con computador, con máquina, con estilográfica, con pluma o con lápiz.

El ordenador facilita la escritura, permite corregir, y tener en cuenta la ortografía; sin embargo, se pierde con este –con el ordenador- el encanto de tener “bonita letra”. Pero, por razones prácticas, creo que el computador es el mejor instrumento para escribir actualmente.

Otro mecanismo o artilugio ha surgido recientemente para escribir: se trata de la tablet o tableta. No sé si algún escritor ya ha compuesto alguna novela utilizando esta herramienta, no lo sé, sin embargo, muy pronto sabremos si algún “nativo digital” se despachó la elaboración de un libro con un Ipad o con una tableta, y ni qué decir de los dispositivos móviles. ¿Será que alguien ya escribió un libro en una tablet o en móvil? Quién sabe, por ahora yo no tengo datos de esto.

La tecnología ya no solo permite leer libros en dispositivos móviles o en tabletas, sino que también permite escribirlos. Por ahora, yo estoy en el computador. Otros seguirán con la estilográfica, y otros, con la máquina. ¿Qué otro artilugio se inventarán en el futuro? Las posibilidades son ilimitadas.

La escritura no ha sucumbido a las comunicaciones audiovisuales como muchos pensaban; la gente le gusta leer letras, aunque también les encanta ver películas y escuchar audios. Sin embargo, la escritura sigue vigente, y seguirá vigente, porque es una herramienta mágica. Convertir signos en imágenes y en ideas es sorprendente, alucinante, fantástico; y mientras siga la magia seguirán pululando por ahí esos magos que escriben.

La tecnología audiovisual no se ha impuesto del todo sobre la escritura; incluso, mucha gente prefiere leer libros a ver las adaptaciones cinematográficas de esos mismos libros, o les parece mejor la versión literaria porque es más profunda o más impactante.


Otra discusión interesante es sobre dónde escribir, a qué horas, cuándo, solo o acompañado, o si se puede escribir comiendo o consumiendo licor. Son otras posibilidades y otros tópicos que darían para otro escrito. 

¿Escribir mal o escribir bien?


Para mí es una necesidad, me refiero a escribir. ¿Lo hago bien? ¿Lo hago mal? No lo sé, soy muy autocrítico conmigo mismo y a veces no me gusta lo que plasmo en el papel en blanco. Que tengo una prosa muy tosca me decía algún lector un día; que hay mala ortografía en mis escritos, me endilgaba otra lectora furibunda; que soy una vergüenza para los escritores, me espetaba esa misma lectora furibunda. En fin, a lo largo de todos estos años de escritura pública he recibido críticas buenas, malas y regulares por el trabajo que hago, nada sorprendente, cuando uno hace algo público siempre le gusta a alguien, a alguien no le gusta para nada y para otros (la gran mayoría) les es indiferente.

Creo que quien se dedica a escribir profesionalmente o con seriedad debería tener rigor a la hora de utilizar el idioma, el lenguaje; de redactar con cuidado, de aplicar bien los signos de puntuación, de conjugar bien los verbos, de poner mayúsculas donde toca, de escribir mejor de lo que lo haría una persona común y corriente. Los manuales de gramática y de ortografía son útiles, los diccionarios también, la página web de la Real Academia Española de la Lengua debe ser de obligatoria consulta para los que se dicen escritores. Así como los carpinteros refinan su trabajo, o los dentistas, o los médicos, los escritores también están llamados a perfeccionar su labor, y si su herramienta es el lenguaje, las palabras, pues deben tener más cuidado con su tratamiento del que lo hacen las personas que no se dedican a este oficio, ¿no es cierto? Es de sentido común.

Todo lo anterior es un lugar común, sin embargo, creo que el perfeccionamiento de la escritura lleva a una especie de neurosis, de paranoia, de esquizofrenia, de locura, ¿por qué? Porque los escritores terminamos a veces poniéndole más cuidado al “qué dirán” que al verdadero arte. Como nuestros escritos terminan la mayoría de las veces en el ojo público, nuestra preocupación principal acaba siendo esa crítica de los otros sobre nuestro trabajo, y por eso nos esforzamos en escribir según las reglas del idioma, del lenguaje, y eso desemboca en un estrés de escritor, de artista, de creador. El escritor suda frío cuando piensa en las rigurosas miradas de los lectores, sobre todo en la forma como ha escrito y no en lo que ha escrito. Eso termina agotando al artista; es cierto, es su deber escribir bien, según las reglas correspondientes, sin embargo, la gente, las personas, deberían darle un margen al escritor para escribir mal, para escribir sin estilo, con mediocridad. ¿Estoy incurriendo en un anatema? ¿En una herejía? ¿Cómo puede un escritor escribir mal? ¡Eso es absurdo! Eso sería como pedirle al arquitecto que construya mal, impensable. Pero sí, el escritor, como todo artista es un ser libre, y debería ser tan libre, que incluso pudiera darse el lujo de escribir con fallas ortográficas, de gramática, de redacción. ¿Para qué? Para decirle a la gente que el lenguaje se hizo para la gente y no la gente para el lenguaje, que esa mistificación del “escribir bien” se ha convertido en un esnobismo, en un arribismo intelectual injustificado.

García Márquez –el premio Nobel de literatura colombiano- acompañaba esta posición, no soy original; él era un perfeccionista del idioma –tenemos que decirlo- no era un libertino de la escritura, y sin embargo, pensaba que a veces se debía escribir con mala ortografía. ¿Por qué? ¿Por puro capricho? No, por libertad, para desatarnos de la dictadura idiomática, de la dictadura de las reglas de escritura que ha impuesto alguien, y que por lo tanto nos atan con mordacidad, con enajenación. García Márquez utilizaba groserías en sus escritos, empero, escribía a pesar de esto muy bien, ¿quién podría criticar a Gabo por utilizar mal el idioma? Creo que nadie, aunque por ahí he visto no una sino muchas objeciones a su trabajo desde el punto de vista del estilo, ¡qué locos!

Sí señores, hay que escribir bien, sobre todo tratándose de personas dedicadas a este oficio. Pero, démonos una licencia de vez en cuando, como para sentirnos despojados de ese yugo riguroso, liberados de esas reglas obligatorias que han impuesto los manuales de escritura, y de redacción; utilicemos el idioma y no dejemos que él nos utilice a nosotros; porque lo que más nos llama la atención de la escritura a los escritores es que es como un juego. Las reglas estrictas terminan sofocando el gozo, el juego; aunque como todo juego, también tiene reglas que hay que cumplir para disfrutar de la actividad.   

Escribir como terapia



Sí, suena feo, a mis colegas escritores posiblemente no les guste que se hable de la escritura como una terapia; como si fuera un curso de relajación, de meditación, de yoga, de fitness o de zumba. La escritura para muchos es un arte, un oficio, una profesión, una religión, pero no una terapia.

Hace algunos años, como ya lo he mencionado en otros artículos, leí un ensayo del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury “Zen en el arte de escribir”, donde él aconsejaba escribir para disminuir o apaciguar ciertos dolores del alma como pérdidas de seres queridos, fracasos, etc. Incluso, el mismo Bradbury se disculpaba por utilizar la palabra “terapia” en su ensayo.

Yo creo que la escritura le puede ayudar a muchas personas a sobrellevar momentos dolorosos, a desahogarse, a hacer catarsis. Es cierto, la escritura ha sido asumida por muchos artistas como un culto, como algo que no es banal y esto incluye no tomarla como una terapia, ya que suena como a consultorio médico.

Yo no soy tan estricto; creo que si bien muchos escritores viven de este arte, y es realmente un oficio serio para asumirlo como una profesión, la escritura también puede ser tomada como una actividad lúdica que le permite a un ser común y corriente afrontar problemas cotidianos de una manera más ligera.

Los escritores –algunos, no todos afortunadamente- tratan de alejar al vulgo de esta actividad. Señalan al oficio como algo difícil, complejo, aparatoso; como una actividad a la cual solo pueden llegar algunos elegidos de los dioses. Obviamente, ellos defienden a su gremio, por motivos profesionales, sociales, e incluso por razones económicas: el pastel no es muy grande y no quieren repartirlo entre más gente.

Sin embargo, yo le hablo a las personas comunes corrientes, no a quienes añoran convertirse en escritores profesionales, en los futuros García Márquez o Vargas Llosa; no, yo le hablo al ama de casa, al estudiante, al oficinista, al obrero de construcción, a la secretaria, al policía, al niño, o a cualquier persona que tenga la necesidad de escribir.

No todo el mundo quiere escribir novelas, o poemas, o cuentos, o ensayos, u obras de teatro, o tratados de filosofía extensos; no, hay gente que solo quiere llevar un diario de su vida, o simplemente escribir reflexiones livianas sobre problemas cotidianos. Otros solo desean escribir por escribir, ya sea ficción, crónica, o algún género literario indefinido.

La escritura profesional requiere de una dialéctica más elaborada. Si no, lean el libro “El escritor y sus fantasmas” de Ernesto Sabato. La escritura como oficio no es solo sentarse y mascar chicle. Es una actividad de un alto contenido espiritual, filosófico, anímico, y mental. Es toda una visión de la vida, de la muerte, del tiempo, del espacio, del hombre, del Universo, de la existencia. Eso sí es todo un complique.

Pero, no creo que la escritura exista solo para los escritores profesionales, para los literatos, para los pensadores, para los filósofos. La escritura es una actividad humana que debe ser accesible a todo el mundo. Escribir es un placer, igual que la lectura; sin embargo, en los colegios y universidades se toma como un deber, como una obligación, y desafortunadamente la escritura ha seguido el mismo camino de su hermana la lectura: se han convertido en suplicios para estudiantes.

La gente común y corriente debería escribir más; eso sí, si tiene un anhelo extremo de hacerlo, no debería auto-obligarse. ¿Escribir sobre qué? Sobre lo que se le dé la gana; sobre su vida, sobre sus preocupaciones, sobre sus anhelos, sobre sus deseos, sobre lo que se le pase por la cabeza. Así de simple. No es necesario que al primer intento salga con una novela, con un cuento, o con un poema. Puede ser una simple narración de su vida, o una cavilación sobre problemas del día a día.

El que quiera incursionar en la ficción también es bien recibido. La ficción es imaginación en movimiento, es crear mundos imaginarios, personajes que solo viven en la mente de su creador, escenarios fantásticos. La ficción es atrayente, es una especie de escapismo. A los escritores que se dedican a la ficción tampoco les gusta que se vea esta como un simple escapismo; no, ellos quieren ver en la ficción una metáfora de la vida cotidiana, una reflexión de la realidad desde una perspectiva imaginaria. Sabato es muy estricto sobre este tema –o era muy estricto en vida-, para él, la novela era un estudio del problema del hombre, del drama del hombre en el Universo. Para Sabato, la ficción no era una simple jugarreta, o un escape lúdico.  

Sin descartar la posición de Sabato, creo que la ficción para quien no desea ser un escritor profesional, puede llegar a ser un buen escape de la cotidianidad. Estamos sujetos a los trancones (atascos de tráfico), a las filas en los bancos y en las entidades públicas, a la constante y cotidiana relación con el prójimo que a veces puede ser violenta o pacífica (depende del prójimo), a las deudas, a los criminales, a los políticos, a los mentirosos, a los estafadores, en fin, a la vida con todo lo ruda que es. La ficción puede ser un paliativo; en lugar de estar pensando en el pago de los recibos de la luz, del agua, del teléfono, se puede reflexionar por escrito en planetas lejanos inexistentes, en extraterrestres, en magos, en brujos, en hadas, en príncipes, en reyes y reinas, en ciudades de chocolate. ¿Por qué no? ¿Por qué restringir la ficción a la realidad degradada, o a la simple descripción de lo cotidiano desde lo literario? Posiblemente un ama de casa quiera inventarse un montón de cuentos sobre príncipes azules o dragones, ¿qué de malo hay en eso? Nada; ¿es malo o perverso el escapismo? ¿Por qué? Todos los días en nuestra propia mente nos ausentamos de la realidad para poder sobrevivir, como cuando nos hundimos en un pozo o en una piscina y tenemos que sacar la cabeza para respirar. Eso ocurre con la ficción, es como un respiro, como un tomar aire en medio de una realidad que debilita, que adormece, que sojuzga, que repele, que enferma.

Creo que los escritores profesionales también escriben como una terapia. Woody Allen –el cineasta- comentaba que él lo hacía para no volverse loco. Fernando Vallejo aseguraba que la escritura para él era un pasatiempo, para soportar la rutina de la vida. Otros escritores simplemente ejercen esta actividad como una necesidad física y psicológica. No pueden dejar de escribir. Hace algunos días vi la entrevista que le hicieron a un autor español; él decía que después de acabar una novela tenía que empezar otra o si no se desesperaba, que para soportar el guayabo o la resaca de haber finalizado un libro tenía que empezar con otro. En este caso, “un clavo saca otro clavo.”

En fin, escriban si tienen el deseo irrefrenable de hacerlo, no se coarten, no se inhiban, no les dé pena, háganlo, con libertad. No es necesario que escriban como Shakespeare o como García Márquez; escriban como ustedes lo saben hacer, así de simple; pueden escribir para sí mismos o para otros; si quieren publicar sus escritos en un blog háganlo, no les dé vergüenza, procedan. Si quieren dejar sus escritos para una consulta privada también es válido. Si quieren escribir y después destruir lo que escriban, es su decisión, nadie les va a reclamar por eso, salvo su propia conciencia. Escriban, pero también lean. Al leer, simultáneamente con la escritura, pueden descubrir nuevas vías de escape, nuevos métodos, nuevas estructuras. Pueden encontrar sus propias manías, sus propios vicios narrativos. Si  no quieren leer y solo quieren escribir, también, háganlo, procedan. Si no les gusta lo que escriben no se pongan a llorar, no se auto-torturen, no se flagelen. La escritura, como toda actividad humana, es susceptible de perfeccionarse, de aprenderse, de conocerse, de ampliarse; con el paso del tiempo podrán descubrir para qué sirven los signos de puntuación, las tildes, las mayúsculas, la ortografía en general, la gramática; verán que la escritura es como una sinfonía, con acordes, con sonidos graves y agudos, con silencios; la escritura tiene un ritmo, pero eso lo irán descubriendo ustedes mismos. La escritura es un placer, que necesita disciplina, que requiere de dialéctica, de reflexión. Pero no está reservada para una élite, o para un grupito de personas determinado; no, la escritura es una creación humana para el hombre en general, es universal, es global, es general, es un recurso al alcance de todos, para utilizarse con conciencia, con sentido común, con amor.



“Ágata en dos tiempos” mi octava novela



Francisco Bermúdez Guerra


El 19 de abril de 2015 publiqué mi octava novela, “Ágata en dos tiempos”. Es una historia de suspenso, de misterio, de romance, de acción. Se desarrolla en Colombia; y tiene como protagonista a una psicóloga de aproximadamente treinta años que decide volver a su país para averiguar las verdaderas circunstancias en las que murió su mejor amigo de infancia y adolescencia. En medio de estas averiguaciones se topa con una secta a la que pertenecen personas de mucho poder y dinero. Ágata Alerve, la psicóloga, tendrá que enfrentarse a esta secta. Sin embargo, ella no estará sola en su batalla, la acompañarán un grupo de jóvenes excéntricos, quienes tienen una particular visión sobre la vida; Ágata terminará involucrándose emocionalmente con estos jóvenes, quienes le cambiarán la vida para siempre.

No es una novela policíaca totalmente, no es el objetivo; es una historia de amor que se desarrolla en medio de una averiguación, de un plan maestro para desenmascarar a una poderosa secta que quiere hacerse con el poder absoluto. Hay romance, hay misterio, hay  muchas sorpresas, hay acción, hay polémica, hay magia, hay debate, hay humor. Yo la pasé muy bien escribiéndola, y creo que los lectores también la pasarán muy bien leyéndola.

Puedo dar una pista, pero solo una pista sobre el ánimo de esta novela, y es el número ocho. Es un número que representa tradicionalmente al infinito, a la justicia, a los cambios drásticos, a la magia, a los magos, a los alquimistas, al misterio, a la muerte, a las crisis, al éxito, a la energía psíquica. El ocho representa  muchas cosas, y todas esas cosas están aludidas en la historia; si leen la novela se darán cuenta de por qué lo digo. Empezando por el mismo nombre de la protagonista: Ágata.

No es una novela para niños, es demasiado compleja en cuanto retrata y describe situaciones muy difíciles por las cuales tiene que pasar la protagonista. Creo que los que la lean tendrán una sensación extraña de animadversión o de amor hacia ciertos personajes; y creo que tomarán partido sobre ciertas posturas que esbozan algunos de ellos.

No es una novela típica de detectives, tampoco es un thriller policíaco, y tampoco es una cuento de hadas; sin embargo, tiene varios ingredientes de todos estos géneros, incluido el del humor. No está bien que los escritores hablemos mucho sobre nuestra obra, porque ella se expresa por sí misma, empero, sí podemos a manera de abrebocas comentar sobre ciertos tópicos que le pueden interesar a los potenciales lectores de la historia.

Fue muy placentero escribir “Ágata en dos tiempos”, la cual tuve que redactarla en dos tiempos diferentes –curiosamente, como el título-, redacté la primera parte durante una temporada, pasaron unos meses, y decidí escribir la segunda parte. Esta novela estuvo a punto de no nacer, de no aparecer, pero la historia es tan fuerte y tan magnética que desbordó el mismo ánimo del escritor para dejarla únicamente en su imaginación. ¿Qué tendrá esta historia? ¿Qué mensaje nos quiere dar? ¿O no habrá ningún mensaje? Yo mismo la escribí, pero la historia terminó trascendiendo mi misma voluntad, es extraño ¿no?

Cuando uno escribe algo siempre piensa en la influencia de algunos escritores, de cómo nos legaron un ánimo para confeccionar una narración propia. Yo creo que todos los escritores de misterio y de suspenso fueron mi inspiración, empezando por Edgar Allan Poe; creo que también J.D Salinger, que aunque no fue un escritor de historias de misterio ejerció y ha ejercido mucha influencia sobre mis escritos. Las películas de misterio y de suspenso, por supuesto, también me inspiraron, y los nuevos y exitosos thrillers contemporáneos que exponen los peligros a los que se está enfrentando la raza humana. También hay mención –tácita- a mis otras siete novelas; para quienes ya las han leído se darán cuenta de esto.

Diviértanse con la novela; yo me divertí al escribirla. Se sorprenderán gratamente, se los aseguro. ¿Qué sensación les dejará? No sé, espero que una sensación extraña; ese fue el objetivo, generar un interrogante, una alusión explícita e implícita.

La novela se puede conseguir gratuitamente en internet, si les gustó, o si no les gustó, los invito que como forma de retribuir al escritor nos colaboren en las redes sociales, con un “me gusta”, o si no les gustó la novela, también nos ayuden con un comentario, no importa si es benévolo o no. “Yo doy tú das” decían los romanos; como la novela se puede conseguir gratuitamente, por lo menos ayúdanos de esa forma, así sea virtualmente, ¿no crees? Ahora bien, si no nos quieres ayudar de ninguna forma también está bien; asumimos las consecuencias de nuestros actos. En todo caso muy buena suerte y fortuna.


#Ágataendostiempos

#fbermudezgescritor

"Afrodita celeste en los templos de cobre": mi nueva novela



Es una novela sobre el amor, sobre el romance. Ariadna y Antonio son dos jóvenes estudiantes de diplomacia; ellos descubren entonces que se han enamorado mutuamente. En medio de esa relación surgen varios obstáculos: la enemistad con un profesor, las competencias dentro de diferentes sociedades de debate, y lo peor: una conspiración política. El amor de estos dos jóvenes se ve afectado por todas estas circunstancias. ¿Prevalecerá el amor? ¿La competencia académica? ¿Los celos? ¿Las intrigas políticas? Es una novela corta, sencilla, que nos devuelve a la esencia de los más profundos sentimientos.


http://fbermudezg.wix.com/afroditaceleste

#Afroditaceleste  #fbermudezg

Adiós a un Maestro: Gabriel García Márquez


El primer libro que leí por cuenta propia fue Cien años de soledad. Con una prosa impecable, una fantasía exuberante, y un método narrativo genial, la novela más conocida del Nobel colombiano me deslumbró y desanimó cuando la abordé. ¿Por qué me desanimó? Porque creía que yo jamás escribiría así, y pues jamás he escrito así, y jamás lo haré, sin embargo, con el paso del tiempo la narrativa de García Márquez me impuso un camino a emular, por lo menos.

¿Qué es el realismo mágico? Un mundo imaginario que se parece a la realidad. Así de sencillo, y no al revés. Ese fue el mundo en el que vivió Gabo, en el que vivimos todos los fantasiosos, todos los escritores de ficción. La meta-realidad dirían algunos, la creación de universos paralelos a través de la palabra y del lenguaje.

Hoy en día, hay una nueva generación de escritores que tratan de emular a García Márquez, de seguir sus pasos, más no de imitarlo. Y es que imitar a Gabo es muy difícil, imposible, él era único, admirable narrador de prosa encantada. Todos los escritores de ficción practican el realismo mágico, creamos mundos ficticios parecidos a la realidad cotidiana, a la que detectan nuestros cinco sentidos. Los escritores colombianos, y los escritores en general, nunca alcanzaremos a García Márquez porque el proceso creativo es único, irrepetible, inimitable, solitario, y original; cada escritor tiene una vida, y esa vida es imposible de calcar.

Otras novelas de Gabo que también leí, fueron: El amor en los tiempos del cólera, El general en su laberinto, Crónica de una muerte anunciada, Memoria de mis putas tristes, y la autobiografía Vivir para contarla. Tengo pendiente leer El otoño del patriarca, la novela –que según decía su autor- era la más estudiada y examinada de toda su obra. Siempre he admirado la prosa de Gabo, aunque debo confesarlo no era mi escritor “mentor”, podríamos llamarlo así, porque García Márquez no era un escritor para escritores, era un escritor para todo el público, y por eso es que su estilo era tan pulcro y tan poético.

Que a García Márquez le gustaba el poder, que le atraía el poder, ¿y a quién no? Todo ser humano quiere mandar, ordenar, generar influencia; todos los hombres tenemos esa tentación, lo que pasa es que Gabo se dejó llevar por sus instintos, por sus inclinaciones, y por eso tuvo como amigos a presidentes, a políticos, a ideólogos, a periodistas, a empresarios, a gente con mucha influencia, le gustaba juntarse con los poderosos; como a mí me gusta el chocolate.

Al ser entrevistado Vargas Llosa –otro premio Nobel, y examigo de Gabo- a raíz de la muerte del escritor colombiano, sentenció: “Sus novelas le sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier”. Ese es el premio del artista, del creador: la inmortalidad. García Márquez –como bien lo dijo Vargas Llosa- seguirá vivo en sus libros, en sus cuentos, en sus crónicas, en sus ensayos, en sus discursos, en las entrevistas que concedió; y así pensaremos que no se ha ido, sino que pasó a una dimensión donde ya no hay hambre, ni frío, sino solo amor.

Maestro García Márquez, nunca lo conocí personalmente, pero al leer sus novelas y su obra es como si lo hubiera hecho. Todos tenemos la impresión de que se nos murió un amigo, alguien cercano, alguien que nos divirtió y que nos puso a pensar, alguien que desató una pasión, alguien que nos retó.

"Arikayasis": mi novela sobre guerreros


Escribir ficción es agradable, es placentero, sin embargo, requiere de una alta dosis de inclinación –y propensión- hacia la fantasía. Para ser un buen escritor hay que ser un “fantaseador”, y en eso soy un profesional.

“Arikayasis” es la historia de una espada, y más que una novela es un cuento largo con cara de novela, diría yo. Un joven decide instruirse con un viejo maestro de la guerra, para hacerlo, debe pasar por varias pruebas; la más terrible de las pruebas es derrotar a un malvado rey que tiene en su poder a Arikayasis.

Algunos dirán que las historias de espadas siempre nos conducen al antiguo mito de Excalibur, la espada del rey Arturo. Yo diría que Excalibur hace parte del simbolismo de la espada como instrumento de guerra, pero también como instrumento de paz. La espada es concebida es muchos círculos iniciáticos como representación de la mente, que puede cometer barbaridades, pero que también puede producir obras maestras. Arikayasis es una metáfora de ese simbolismo, de la construcción y de la destrucción, de la paz y de la guerra, de la armonía y del desorden.

Laetón es el joven aprendiz que quiere convertirse en guerrero, e ingresar en una misteriosa orden de guerreros, de sabios, de místicos, y hasta de magos. Sin lugar a dudas, “Arikayasis” es una historia universal, es un cuento de hadas, pero también es una parábola iniciática, filosófica, que está en el inconsciente colectivo.  
En “Arikayasis” también aparece mi afición por las artes marciales, por los cuentos de magos, y por las historias de caballería, todo sintetizado en un cuento largo que puede ser leído por jóvenes y por adultos, e incluso hasta por niños.

¿Qué significa Arikayasis? No significa nada, pero lo significa todo. Es el juego del lenguaje de los idiomas, ¿por qué bautizar una espada? ¿Un objeto? Sólo los seres animados merecen tener nombre propio. Porque es un símbolo del lenguaje, de la construcción del lenguaje, de lo que podemos hacer con las palabras, ya que con ellas podemos construir o destruir, depende de nuestra imaginación y de nuestra mente.

Los reyes, y las princesas, y los brujos, y los magos, y los guerreros, y los maestros místicos, y los sabios, todo esto está en “Arikayasis”. Comparto con ustedes mi gusto por las leyendas artúricas, por el mago Merlín, pero también por los maestros orientales, por los sabios Zen, por Harry Potter, y por “El señor de los anillos”, y por Narnia. Para todos los que adoramos las leyendas épicas, las clásicas, las antiguas, y las modernas, incluso por “Star Wars”. Bienvenidos a “Arikayasis”, utilicen su imaginación para soñar, para fantasear con la historia, con el cuento, volvamos a ser niños e imaginemos cosas imposibles que nos hagan gozar.

La guerra es un defecto de la humanidad, no puede ser una necesidad ni un medio de subsistencia ni de convivencia, nos hemos acostumbrado al conflicto. La espada representa la paz, la armonía de la mente, de cómo destruimos nuestros defectos interiores para mantener una mejor relación con quienes nos rodean. La verdadera guerra no es con nuestros semejantes, es con nosotros mismos para ser mejores, para crear una sociedad pacífica, porque sólo habrá paz exterior cuando los hombres encuentren su armonía interior, y para eso debe librarse un combate interior, con nuestros defectos, con nuestros malos hábitos, con nuestra arrogancia, con nuestro egoísmo, con nuestra falta de disciplina, con nuestra falta de humanidad.

“Arikayasis” es una novela corta o un cuento largo, ustedes deciden qué es. Los lectores son los que catalogan la historia. En mis anteriores novelas he tratado el misterio, las sociedades secretas, el amor, el romance, el derecho, la ciencia ficción, y hasta el erotismo; con Arikayasis llego a los cuentos de hadas, a las historias de maestros y de guerreros, espero les guste leerla, como me gustó a mí escribirla.

Francisco Bermúdez Guerra, 2013.

Página web: http://fbermudezg.wix.com/arikayasis


J.D Salinger: uno de mis escritores favoritos




El premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez cuenta una anécdota en su libro “Vivir para contarla”. Dice Gabo, que un día se encontró en la habitación donde vivía -con un compañero en Bogotá-, una copia del libro “La metamorfosis” de Franz Kafka. Gabo decidió leer el libro desprevenidamente. Se tiró en la cama, y leyó las primeras líneas. Su reacción –dice él- fue alucinante. “¿Esto se puede hacer?” se preguntó el futuro Nobel. Él se refería al relato que hace Kafka con respecto a un hombre que se convierte en insecto. La reacción de Gabo fue tan intensa, que después de abordar la historia se lanzó a la redacción de un cuento.

Lo que le ocurrió a García Márquez, me pasó a mí, pero con un escritor diferente a Kafka. Se trató de J.D Salinger. Este prosista norteamericano murió en enero 2010 después de publicar novelas como “El guardián entre el centeno”, “Franny y Zoey”, y “Levantad, carpinteros, la viga del tejador; y Seymour: una introducción”. Salinger publicó varios cuentos en revistas como “The New Yorker” –donde alcanzó gran notoriedad-, sin embargo, la fama le llegó de manera apoteósica cuando se lanzó “El guardián entre el centeno”.

Salinger decidió recluirse en una finca rural en el estado de New Hampshire. Desde los años 60’s prefirió alejarse de la prensa, de los medios de comunicación, y del público en general. Se volvió un ermitaño. Desde aquellas épocas decidió no publicar más. Sin embargo –según algunas entrevistas excepcionales que concedió- todos los días, hasta su muerte, escribió. Él estaba fuertemente influenciado por las religiones orientales, en especial, por el budismo zen y el yoga. Sus allegados decían que Salinger pensaba que podía lograr la iluminación a través de la escritura.

Sobre este escritor se generó todo un culto. “El guardián entre el centeno” se convirtió en la guía de una multitud de jóvenes, y en la década de los 60’s la venta de los libros fue enorme. Sin embargo, la celebridad de la novela adquirió unos visos extraños cuando el asesino de John Lennon confesó que era admirador de la historia, y que incluso llevaba un ejemplar de la misma cuando disparó contra el ex Beatle. Para rematar, a otro loco que atentó contra el presidente Reagan, se le encontró en su casa una copia de “El guardián entre el centeno”. 

Hace algunos años, leí un artículo de Ricardo Silva Romero en la revista “Gatopardo”. Silva Romero se refería a Salinger; incluso, todavía tengo guardado un ejemplar de ese número de “Gatopardo”. Me picó la curiosidad y decidí buscar las novelas de este escritor en las librerías locales. Efectivamente, terminé leyendo “El guardián…”; y mi reacción, fue muy parecida a la que tuvo Gabo con Kafka. “¿Esto se puede hacer?” me pregunté. La literatura de Salinger es apabullantemente sencilla, escalofriantemente sencilla. Narra aspectos cotidianos con una simplicidad agobiante. Y digo agobiante, porque para un escritor la estética generalmente está asociada al adorno idiomático -o por lo menos eso hacen los grandes escritores clásicos-, sin embargo Salinger no muestra esa floritura estilística en sus escritos.

Después de investigar un poco más; descubrí que este narrador norteamericano estaba muy influenciado por otro escritor llamado Antón Chéjov, un prosista ruso. Los cuentos de Chéjov manejan el mismo estilo de Salinger; narran la cotidianidad, y también son muy simples. Investigando, aún más, también descubrí que Salinger aconsejaba a los escritores noveles no caer en la trampa de lo “complicado”. ¿Cómo así? Pues él decía que para escribir se debían resolver los problemas narrativos acudiendo a la simplicidad. En la biografía que hizo de él su hija Margaret, denominada “El guardián de los sueños”, ella describe ese aspecto de la vida artística de J.D Salinger.   
  
De esta forma, el arte literario se torna más dinámico. Indudablemente el “estilo Salinger” me encanta, y eso fue lo que descubrí al leer “El guardián entre el centeno” y “Nueve cuentos” –una compilación de narraciones elaborada por el mismo escritor-. Mario Vargas Llosa, a contrario sensu, decía que el arte de escribir era algo difícil. Que él sufría mucho al escribir. Yo, en lo particular, no comparto esa forma de ver el oficio literario. Soy más salingeriano en ese aspecto, que vargasllosista.

Para las personas que empiezan a escribir, y que quieren hace ficción, es muy aconsejable que lean a Salinger. Es un punto de vista, sin embargo, tal vez a algunos no les llame la atención su estilo y a otros sí. Pero, en mi caso, me sirvió mucho para decidir cuál era el rumbo narrativo que deseaba seguir. 

http://fbermudezg.wix.com/novelas   

Foto: Wikipedia.  

“Robots en índigo”: mi novela de ciencia ficción

Por Francisco Bermúdez Guerra[1]


Mi generación, aquella que nació entre finales de los años 60s y mediados de los años 70s, recuerda con emoción las escenas iniciales de una célebre película: Star Wars. Los primeros personajes, aquellos que aparecen en las escenas del comienzo, son robots. Se trata de C-3PO y de R2D2. La ciencia ficción es un género, que como su nombre lo indica, mezcla realidad y fantasía. Los viajes espaciales son una realidad, pero viajar a galaxias lejanas todavía es una fantasía. Los robots son una realidad, pero los humanoides todavía son fantasía. El género de la ciencia ficción en el campo de la literatura ha contado con nombres célebres, entre ellos se destacan Julio Verne, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Philip Kindred Dick, y Frank Herbert, por mencionar algunos. En el cine, George Lucas, Steven Spielberg, James Cameron, y Robert Zemeckis nos han presentado las más grandes obras del séptimo arte en ese campo. La ciencia ficción hace parte de un deseo humano, el deseo por el progreso de la ciencia, de la tecnología, de la informática. Describir mundos ficticios gobernados por aparatos inexistentes, por tecnología que todavía no se ha desarrollado, hace parte del ideario fantástico de la mente humana. Soñar con robots que se parecen a los hombres, con naves espaciales que viajan a velocidades impresionantes, con armas que no existen, es una necesidad. La necesidad de creer en mundos inexistentes, ficticios, es inherente al hombre. Sin embargo, la ciencia ficción también le plantea un reto al hombre: hacer realidad los sueños. A principios de los años 60’s el presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, propuso un reto: llevar el hombre a la Luna. El reto sonó como de ciencia ficción, ocho años después el sueño de este líder se hizo realidad. Muchos sueños que se plasman en los cuentos, en las novelas, en las películas, podrían llegar a ser realidad. “De la Tierra a la Luna” de Verne, narraba el proyecto de viajar a este satélite artificial, y un siglo después ese proyecto saltó de la realidad a la fantasía. La ciencia ficción muestra extremos, muestra límites, que podrían ser absurdos en ciertos casos, como la historia de los simios que se adueñan del planeta Tierra. Esos límites generan una serie de interrogantes sobre hechos que eventualmente podrían suceder. Una catástrofe ecológica, una crisis climática, un terremoto global, una guerra espacial, el descubrimiento de vida en otros planetas, etc. Los límites y los extremos desatan el estudio de posibles escenarios para los cuales la humanidad y el hombre no se han preparado. Esos escenarios, que podrían ser absurdos en ciertos casos, se convertirían en realidades si el mismo ser humano no hace nada para detener las causas que los podrían producir. La ciencia ficción plantea esos escenarios de manera fantasiosa y hasta lúdica, pero, no podríamos descartar del todo el aporte a la realidad que hace la fantasía. La ciencia ficción es vista con desidia por algunos, les parece una pérdida de tiempo, una forma más de perder el tiempo, una elucubración sin pies ni cabeza. El género ha sido abordado por verdaderos científicos, ese es el caso de Isaac Asimov, y de Carl Sagan quien se atrevió a escribir una novela sobre el posible contacto de los seres humanos con supuestos extraterrestres. En mi novela “Robots en índigo” se plantea una hipótesis compleja: el desarrollo robótico in extremis. Los robots superan al ser humano en inteligencia, en capacidad de mando, en evolución biológica. Los robots toman el poder en el planeta Tierra. La libertad ha sido amenazada por la creación de máquinas no humanas. Este tema ya ha sido abordado en otras ocasiones, sin embargo, aquí se hace desde un punto de vista literario, con cierto tufillo de thriller, y hasta con humor. El argumento da para varios debates. Los límites de la ciencia, la ética tecnológica, el poder político en manos no humanas, la colonización del espacio, el futuro de la humanidad como raza. “Robots en índigo” entra en un espacio ya recorrido, en unas hipótesis que ya se han estudiado, por lo tanto sólo queda disfrutar de la lectura de la historia. Yo disfruté mucho al escribirla, y eso implica, que por lo menos una persona ya gozó con “Robots en índigo”, que no es un documento científico; es un simple cuento novelado, o una novela fantástica, o una historia de ciencia ficción. En mis anteriores novelas traté otros temas: el misterio, el amor, el derecho, y ahora le correspondió el turno a la ciencia ficción. Es un homenaje a los autores de ese género literario, en especial a Ray Bradbury fallecido en este mismo año, y quien escribió un ensayo genial que me ha servido como inspiración a la hora de crear historias: “Zen en el arte de escribir”. El futuro tendrá novelas, desde el luego, el mecanismo de su lectura será el libro, el e-book, el documento electrónico, sin embargo, puedo decir con certeza que el hombre seguirá soñando, seguirá creando cuentos fantásticos, seguirá elucubrando narraciones increíbles. De eso sí estoy seguro.



[1] Escritor colombiano. Autor de las novelas “La dignidad de los soldados del tiempo dorado”, “Venus sonríe como tú”, y “El unicornio del bosque de las mariposas”. Página web: http://fbermudezg.wix.com/novelas .

Homenaje a Ray Bradbury: "Zen en el arte de escribir"


Ayer, miércoles 6 de junio de 2012 falleció el famoso escritor de ciencia ficción Ray Bradbury, a los noventa y un años de edad. Bradbury es famoso por ser el autor de la novela "Fahrenheit 451", y de "Crónicas marcianas". 

Bradbury se dedicó a escribir desde muy joven y nunca tuvo una formación universitaria, de hecho, siempre se sintió orgulloso por haber sido un autodidacta.

Desafortunadamente sólo he leído uno de sus libros "Zen en el arte de escribir", una colección de ensayos en los cuales Bradbury habla sobre la escritura, el proceso creativo, la pasión por la literatura, y una breve descripción de su historia como escritor.

Bradbury era aficionado a la ciencia ficción, y muchas de sus narraciones han sido llevadas al cine. En uno de estos ensayos, Bradbury aconseja escribir a todos aquellos que han pasado por desgracias o por sucesos calamitosos. De hecho, cuando leí este libro semanas antes había fallecido mi mamá, y por lo tanto, me sentí identificado con los consejos de Bradbury. 

Los escritores a veces nos sentimos como locos en un mar de personas dedicadas a ejercer actividades serias. Bradbury se dedicaba a escribir cuentos de fantasía, era una persona aficionada a esto, era un cómplice de la escritura y la creación. Bradbury nos hizo sentir "normales" a todos los que nos gusta llevar a cabo la creación literaria, y a fantasear con mundos imaginarios.  

Homenaje a Ernesto Sábato

El pasado 30 de abril de 2011 murió este escritor argentino, recordado por novelas como ""El túnel", "Sobre héroes y tumbas", entre otras. Sábato fue un escritor "pesimista", su visión de la vida era muy negra, pero, curiosamente sus escritos están llenos de humor y esperanza, sobre todo en lo relacionado con el arte. 

A sus 99 años Sábato dejó varios escritos, aunque su formación universitaria estuvo enfocada en la Física y en la Ciencia. Personalmente "El túnel" es una novela que me encantó cuando la leí, y aquí en este blog hicimos una reseña de la misma, la cual volvemos a citar como homenaje póstumo a este escritor.