"The ides of march" de George Clooney

Una película sobre la politica. Dos competidores se disputan la nominación a la candidatura del Partido Demócrata para la presidencia de Estados Unidos. Dos equipos de asesores tratan de llevar a su candidato a la victoria. Uno de estos asesores es seducido por el otro grupo para cambiar de bando, sin embargo, todo es un juego de intereses y de estrategia. 

Este tipo de cintas me encantan. "The ides of march" es el ejemplo de una buena película, con una buena historia, un buen reparto, y una moraleja. Las actuaciones son fabulosas, en primer lugar el protagonista de la historia es Ryan Gosling, quien personifica al asesor seducido por el otro bando; George Clooney es el candidato para el cual trabaja el personaje que encarna Gosling. También aparecen en esta cinta Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei, Jefrrey Wright, y Max Minghella. 

La política queda muy mal parada en esta historia, sin embargo, yo no diría que sea la política como tal, sino la actividad electoral que es algo muy distinto. La actividad electoral para llevar a un candidato a la victoria se presenta como un conjunto de maniobras para engañar, manipular, y sobre todas las cosas para ganar. Las actuaciones son muy convincentes, Ryan Gosling encarna al típico yupi de 30 años que como asesor en ascenso busca conseguir su máximo triunfo a temprana edad, se enamora de una becaria, y se mete en problemas por ingenuidad y por torpeza de principiante, aunque al desarrollarse la película el personaje que encarna Gosling se despierta y empieza a participar en el mismo juego sucio que le proponen. 


La cinta tiene un muy buen ritmo, es fácil de comprender, y le presenta al espectador un dilema moral: La ética vs el pragmatismo. El espectador puede escojer cualquiera de estos dos caminos, ya que la explicación para ambas decisiones están suficientemente soportadas en la historia. El director de la película es el actor George Clooney, quien se consolida como un verdadero show man de la industria de Hollywood, ya que actúa y lleva las riendas de esta producción. 

En el pasado hemos visto otras películas sobre política, donde el bien y el mal se presentan como trama de un cuento de hadas, sin embargo, en "The ides of march" el bien y el mal no están tan delineados, quedando alinderados en unos peligrosos matices grises claros y oscuros. El espectador se siente crítico al ver la historia, podría tomar otras decisiones al final diferentes de las que escogió seguir el protagonista, y allí estaría el éxito de esta película, en generar controversia. 

La política no es mala per se, la vuelven mala los hombres, los que participan en ella, pero en la política también prevalecen unos valores, y sólo aquellos que siguen esos valores se les puede denominar como "políticos", los que no siguen estos valores son simples gallinazos electoreros. De hecho, en una escena de la película el personaje que encarna Seymour Hoffman le habla sobre esto al personaje de Gosling. "La lealtad es lo único que cuenta en esta actividad" dice el personaje de Seymour Hoffman; algo difícil de digerir, cuando en la actualidad la lealtad es un valor poco practicado en el mundo del poder, ya que, como decía Maquiavelo, el poder tiene su propia ética, y es la ética del mantenimiento del poder y de su consecución. 

Una película muy recomendada para estudiantes de ciencias políticas, de derecho, de filosofía, y para todos aquellos que les gusta ver este tipo de thrillers y de tramas sobre el mundo de las elecciones y del poder.  

Mi calificación para esta película es de 4.2 sobre 5.0





"El escritor ante el tedio de no poder crear, y cómo superarlo": Episodio infinito

Por Francisco Bermúdez Guerra

A mi prima Claudette, otra escritora.


"No puedo escribir ni siquiera un cuento" me dije a mí mismo en el año de 1998. Era verdad, había estudiado Derecho, había acabado la carrera, pero no podía escribir ni siquiera un mísero cuento. No era capaz de hacerlo, sabía escribir, sabía leer, pero mi capacidad literaria era limitada, y lo peor de todo: quería ser escritor. A los trece años había leído "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez, un libro impactante por su prosa, por su creatividad, por su originalidad. De cierta forma, leer esa novela me produjo un bien pero también un gran mal, quise imitar a García Márquez pero no era capaz de hacerlo, a mis diecisiete años me fui por las Leyes. La carrera me apasionó, pero, una vocecita oculta me siguió atormentando hasta que la confronté. Lo hice después de estudiar abogacía, pero me encontré decepcionado, porque el "quid literario", el alma literaria no se había apoderado de mí. 

Era un gran lector de literatura, pero no podía producirla. De cierta forma, los escritores descubren su vocación desde muy jóvenes, a mí me gustaba crear desde muy niño pero no había descubierto mi canal de expresión. Sabía que eran las letras, pero no lo descubrí sino hasta muchos años después, cuando ya era adulto. No quería atormentar a nadie con mis penas, con mis limitaciones, con mis dudas, y me embarqué en el peligroso camino de autoaprender, de aprender a ser escritor, de aprender a escribir ficción por mi propia cuenta. 

Primer paso, ¿sobre qué escribir? Si quería llevar a cabo esta actividad lo debía hacer desde un punto de vista lúdico, sobre algo que me gustara, pero allí estaba el primer problema: todo me aburría. ¿Cómo superar el tedio creativo? Durante muchos meses este mal me invadió, y fue el principal obstáculo para que no empezara a escribir ficción más temprano. De pronto, algo milagroso ocurrió; un día observé por la televisión el lanzamiento del transbordador espacial. Decidí escribir una especie de crónica sobre aquello, lo que resultó reconfortante. Sí, era capaz de escribir ficción, porque era capaz de escribir crónica, porque era capaz de narrar. El primer paso se había resuelto, el segundo era un poco más complejo pero estaba ligado al primero. ¿Sobre qué puedo crear? Ya había descubierto que no era incapaz de narrar, ahora debía descubrir si era capaz de crear. Para superar este segundo obstáculo acudí a la mística, al Yoga, no invoqué a ningún dios o algo por el estilo para que vinieran en mi ayuda, para que una musa me invadiera y pudiera escribir. Los Yoga o los yoguis piensan que nosotros somos los creadores de la realidad a través de nuestras mentes y de nuestra atención, por lo tanto, según ellos, no somos simples espectadores de la realidad sino que somos actores activos en el proceso de creación del universo. Cuando miramos la luna no sólo la estamos viendo, sino que también la estamos creando, piensan los Yoguis. ¡Esa era la filosofía que buscaba! Por lo tanto, el simple hecho de escribir "manzana" o "montaña" no sólo registra el término en el papel sino que evoca la imagen en la mente, por lo tanto, está creando una "manzana" y una "montaña" en el mundo de quien lee. El segundo problema se había resuelto. Comencé a escribir cosas simples, pero era yo quien las estaba creando, era mi propio dios de mi propia realidad que adquiría vida propia con sólo evocarlas en el papel a través de la escritura. 

El tercer problema era más complejo. El estilo literario. Ya podía escribir ficción, ya podía animarme a crear, pero ¿qué genero?. Lo intenté con la ciencia ficción, con las historias del oeste, con las historias de jóvenes, etc. En este punto vino a mi vida milagrosamente un artículo de Ricardo Silva Romero en la revista Gatopardo sobre el escritor J.D Salinger. El artículo de Silva Romero describía rápidamente la vida del autor de "El guardíán entre el centeno", un escritor de culto autoretirado a su casa de New Hampshire. La curiosidad me llevó a leer esa novela, y ¡Sas¡ Cuando la leí quedé anonadado. A García Márquez le había sucedido algo similar con Kafka, ya que "La metamorfosis" le llevó a abrir horizontes creativos. En mi caso, Salinger fue mi Kafka. "El guardián entre el centeno" no tiene género, no es una novela juvenil, ni infantil, ni policíaca, ni de aventuras, ni de amor. Es una novela cotidiana extraña. Y desde allí me afilié al género de lo "cotidiano extraño". Salinger se convirtió en mi maestro literario a larga distancia, y sin conocerlo, de hecho él murió en el año 2010, meses antes del deceso de mi madre. 

Cuarto problema. Ya podía escribir ficción, ya podía crear, ya tenía el género. Ya podía escribir cuentos. Pero quería escribir novelas. Después de crear varias narraciones cortas, y de escribir posts para mis blogs de Derecho, Historia, Filantropía, Cine, Literatura, etc, me embarqué en la aventura de escribir una novela. Ya lo había intentado, pero había sido infructuosamente, la tarea era quijotesca. Pensé que era un escritor de cuentos cortos, tal como muchos describían a Salinger - mi mentor a larga distancia-, me sentí decepcionado, quería crear un mundo extenso, más extenso del que tenían mis cuentos pero la cosa no daba para más. Decidí avocar el sistema de Alvaro Mutis, el que utiliza este escritor para inventar sus narraciones: la escritura espontánea, sin embargo, ese sistema ya lo había intentado pero había fracasado. Pensé que tal vez la solución estaría en tener un tema genérico y a partir de allí ir desarrollando la acción. El 29 de abril de 2011 empecé a escribir "La dignidad de los soldados del tiempo dorado" utlizando esa técnica. Tenía el tema, pero no tenía la trama totalmente desarrollada en mi cabeza -que es una técnica diferente a la utilizada por García Márquez, quien no improvisa sus historias-, y así escribí mi primera novela. La segunda novela vino más depurada, y después de haber pasado por la experiencia de la primera. "Venus sonríe como tú" es una historia de amor, pero que realmente no tiene género, "La dignidad de los soldados del tiempo dorado" es sobre misterio pero tampoco tiene género. 

Otros problemas se le presentan al escritor en el proceso infinito de crear, otros retos que debe resolver en su camino literario, pero esos otros problemas los desarrollaré en otro escrito, cuando los haya superado.

Foto: Cortesía de Adriana Camacho.